Por: Columnista invitado

Flagelación

Fui de las muchas chicas que se dejaron seducir por la tendencia de la literatura erótica. Tuve la fortuna de tener no sólo aquella trilogía best-seller ‘Fifty Shades of Grey’, sino varios libros que despertaron curiosidades que exploré solita o con la ayuda de mi marido.

Fueron meses de desfogo y calenturas que se incrementaban con las páginas, y aunque estuve abierta a probarlo casi todo, hubo algo que me generó dudas, temores e incluso traumas de recuerdos del pasado. Aquí es donde aparece Joaquín, el rubio de crespos largos que me quitaba el sueño.

Tuvimos un romance de flores, chocolates, peluches y cartas. Su timidez no lo dejaba acercarse lo que quería que se acercara, hasta que una noche la vergüenza que lo acompañó durante casi 1.825 días se fugó con seis cervezas y me invitó a su cuarto. Mis alborotadas hormonas no dudaron en aceptar y salieron corriendo detrás suyo despojando mis ropas.

Había imaginado muchas noches, en la soledad de la cama, cómo sería nuestro encuentro, pero lo que ocurrió nunca estuvo dentro de los planes. Comenzamos a besarnos como adolescentes: con fervor, con fuerza y su lengua recorría todo mi cuerpo. Se quitó la camisa y metió sus manos debajo de mi falda, me tenía enloquecida. Me dejé llevar y hasta ese momento había tenido el mejor polvo de la vida. Loca por venirme, y dispuesta a todo, se puso detrás mío y rodeada por sus brazos noté que su nariz encontró mi cuello, me olía, me saboreaba.

Me incliné hacia delante hasta quedar en cuatro y comenzó nuevamente este hombre con sus movimientos, pero cuando fueron más rápidos me desconcentré. El retumbar en el cuarto me distrajo. No entendía qué estaba pasando. Tenía la extraña sensación de que con sus manos golpeaba fuertemente mis nalgas.

Comencé a sentirme incómoda. ¿Qué estaba haciendo ese sujeto por allá? Como pude me doblé cual avestruz y clavé el cuello en la almohada con la ilusión de ver hacia atrás. Quedé perpleja. Su escroto era tan largo que desde mi campo visual parecía una pera de boxeo. Y no sólo eso, con el movimiento sonaba como galope y se sentía igual que un par de latigazos.

Sus huevas eran largas, duras, escurridas y, para terminar de rematar, dolían sus azotes. Alguna vez volví a saber de él, recibí dos o tres cartas hasta que entendió el mensaje. Desde entonces supe que aunque me encantaba y creía estar dispuesta a todo, el sadomasoquismo no es lo mío y no creo estar preparada para recibir nuevamente latigazos en las nalgas.

 

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