Por: Aura Lucía Mera

“Flashback”

Me siento arrancada de la silla del conversatorio y transportada de repente al apartamento del poeta Luis Vidales, viendo cómo sus papeles con apuntes están desperdigados por el suelo, las sillas de la salita en desorden, un revoltijo profano, lo más cercano a un sacrilegio. Luego a la casa-taller de Feliza Bursztyn, cerca de la Universidad Nacional, con sus piezas de chatarra, los metales, serruchos, sopladores y tornillos pateados y tratados como pruebas de material bélico. Feliza ya ha sido arrastrada hacia las caballerizas de Usaquén, tal vez para amenazarla con patadas o dentelladas de caballos si no confiesa pertenecer a alguna célula terrorista. Pablo, su marido, color vela y paralizado, mira alrededor...

El Estatuto de Seguridad de Turbay en todo su esplendor. García Márquez se larga de Colombia. Feliza jamás se repone, se exilia en París y muere de saudade un 8 de enero cenando con la Gaba y Gabo.

Vemos cómo el Grupo Grancolombiano, Michelsen a la cabeza, le retira la pauta a El Espectador hasta dejarlo aislado, la única isla que todavía destapa ollas y se enfrenta a la censura y sumisión de los medios.

El periodista Guillermo González nos estremece con su libro A pesar de la noche.

Vuelvo a la actualidad. Otro corrientazo eléctrico en el alma. De nuevo censura en los medios. El Grupo Aval le quita la pauta a Noticias Uno después de que destapa la olla podrida de Odebrecht, el cianuro y las conversaciones del exfiscal, y pone el dedo en las oscuridades del alma de Sarmiento el intocable. Regresan los falsos positivos. Renace un Ejército cargado de tigre, asesinan a líderes sociales a diestra y siniestra y campesinos desplazados vuelven a peregrinar sacados de sus tierras. El Espectador vuelve a quedar solo, como una isla, defendiendo sus valores y dando la pelea por la paz.

Después de ocho años vergonzosos que llegarán algún día a la Corte Penal Internacional, logramos vivir ocho años en que se luchó a contracorriente por lograr la paz. El presidente Juan Manuel Santos se la jugó entera y las Farc depusieron sus armas, firmando un acuerdo. Miles y miles de combatientes iniciaron una nueva vida y están trabajando en el campo, incorporándose física y psicológicamente a la vida civil.

Pero, como afirmó William Ospina en Oiga, mire, lea en Cali, desde 1950, cuando dos corrientes políticas nos enseñaron a “odiar al otro”, no hemos podido vivir de otra manera. Una Colombia en la que todos cabían, que tenía ferrocarriles, flota mercante, se trazaban vías, se contagiaba de la cultura europea y se respetaba el agro, se fue convirtiendo paulatinamente, sin reversa, en este gran charco de sangre en el que todos hemos participado de alguna manera. Guayacanal nos remonta a los años anteriores a la violencia partidista que nos cercenó el corazón y nos muestra esa Colombia que fuimos, donde todos nos queríamos y respetábamos, y que cambiamos por el odio y la muerte.

Ojalá un grupo empresarial fuerte, tipo Gilinski, le eche con un par de cojones un salvavidas a Noticias Uno y podamos seguir escuchando otras voces independientes. Estamos regresando al oscurantismo del terror. Y todos los que le apostamos a la paz cada vez recibimos más adjetivos rastreros escritos desde lo más oscuro del alma y el rencor.

¿Es tan difícil la reconciliación? Casi imposible mientras se siga alimentando el odio desde los grupos políticos, desde los cerebros primarios, desde la angurria del poder y la corrupción.

Posdata. Gracias, presidente Santos, por ese Acuerdo de Paz. Gracias a los excombatientes que persisten en su nueva vida. ¡Todos tenemos la obligación de aportar nuestro grano de arena para recuperar esa Colombia que existía antes de que nos enseñaran a odiar!

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2019-09-10T00:00:00-05:00

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