Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

Foco

Odiarse nunca es sano. Y cuando se requiere actuar como una sociedad unánime para salvarnos del naufragio, el odio se vuelve aún más inepto y más absurdo; y el rencor —ese peso muerto y estéril que nos encadena desde adentro— nos hunde como si fuéramos fragmentos de roca, de óxido y adiós.

Odiarse es tóxico y no sirve de nada echarnos mutuamente las culpas de lo que pudo haber sido y no fue; o de lo que fue y nunca debió ser. 

Ya estamos muy grandes y muy sufridos para no haber aprendido a llamar las cosas por su nombre; no sumemos errores. Si en una escuela de policía un vehículo con 80 kilos de pentolita cobra intencional y miserablemente la vida de 21 personas, eso es terrorismo. Desde un principio las investigaciones señalaron al Eln, y ya ellos publicaron su autoría, en un comunicado plagado de cinismo y de bancarrota conceptual. Son ellos quienes cometieron la infamia. No puede haber voces tan injustas e irracionales que le atribuyan la responsabilidad al Gobierno que trabajó por la paz; y tampoco es admisible que se diga que fue una cortina de humo colgada por los corruptos de moda.

En la marcha del domingo se demostró —con mínimas y aturdidas excepciones— que miles de personas de ideologías, regiones y orfandades diferentes podemos caminar, sin agredirnos, por la misma calle. No caímos en la trampa de desvirtuar la marcha con argumentos mezquinos, y sentimos que las expresiones populares siguen siendo ese latido que nos recuerda que estamos vivos, que el silencio por miedo o por indiferencia es peor que estar muerto y que, por imperfecta que sea, la democracia siempre será un triunfo. 

Que no se equivoquen ni los defensores ni los opositores del proceso de paz; que no se equivoquen los amos del terror, mercaderes de armas, narcóticos y desolación: Colombia marchó porque está hastiada de la violencia y nos negamos a vestir el futuro con los ensangrentados trapos del pasado.

Hace unos tres días recibí una imagen sombría. Quizás habría sido mejor ignorarla, pero la traigo aquí para que reflexionemos sobre ella. Era la fotografía de un Black Hawk, con un texto que decía: “Esta es la verdadera paloma de la paz”. ¡A ver! Decir que la guerra es arma de paz es como afirmar que el hambre y la pobreza curan la desnutrición. 

Un combate seguirá siendo siempre un combate, no un hecho de paz. Sabemos que negociar el fin del conflicto exige de ambas partes una grandeza difícil de alcanzar; y también sabemos que el Eln es perverso, disperso y anacrónico. Si deciden meternos en otra confrontación armada y volver al esquema bombardeo/retaliación, háganlo, pero sabiendo, unos y otros, que, gane quien gane, la guerra es un fracaso. 

A Colombia entera le duele lo que pasó. Lo que varía es cómo queremos canalizar el dolor. Veremos si pesa más el país que pide mano dura o el país que no se resigna a que tengan que pasar otros 50 años y otros ocho millones de víctimas antes de sentarnos en la próxima mesa de negociación.

Solidaridad con los jóvenes policías muertos y heridos; solidaridad con los líderes sociales asesinados en la mitad de la nada, y con las familias huérfanas de padres e hijos. Y, por favor, no perdamos el foco: la paz concertada siempre será difícil, pero nunca será un error. 

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