Por: María Teresa Ronderos

Fogonazos presidenciales

Llovieron rayos del Olimpo esta semana. Pastrana le dijo a Santos que no tenía mandato para la paz, tildó a su ministro del Interior de “camarero de Pablo Escobar”, y a su asesor, “de mula que se creía Juan Valdés”. Uribe, que no se pierde puñalada contra Santos, lanzó un trino que, refiriéndose al presidente y a su hermano, decía: “les gusta el poder, la Presidencia, la prensa, la Fedecafé, el dinero, son indiferentes con el pueblo y permisivos con terroristas”. Y Samper terció diciendo que Pastrana diera lecciones de paz era como el diablo haciendo hostias.

Da lástima verlos, sintiéndose dignos de un lugar en la historia. En vez de intentar compensar en algo sus lamentables errores poniendo su influencia al servicio de causas filantrópicas, como lo hizo con altura Belisario Betancur, estos ex presidentes usan su poder para tapar sus tristes legados. Pastrana maquilla sus fracasados diálogos, como si hubieran sido una estrategia deliberada para desprestigiar a las Farc. Uribe disfraza las piernas cortas de su seguridad democrática, como si en aras de desmontar el terror paramilitar, no hubiera sido permisivo, aguantando que los jefes de las AUC delinquieran por cinco años largos, antes de extraditarlos. Y disimula la rabia que le despierta que sea Santos, su desleal compañero de bombardeos quien firme el final de las Farc, a la cual él arrinconó. Samper le cobra a Pastrana la vieja cuenta de haber denunciado que el narcotráfico financió la campaña liberal.

Estos rayos presidenciales, sin embargo, iluminan por un instante verdades que suelen estar ocultas. Uribe develó, por ejemplo, que Vargas Lleras tiene chequera libre para rifar casas gratis por toda Colombia porque el plan es que suceda a Santos. Pastrana nos recordó que Carrillo no ha debido ser ministro de nada después del fiasco de La Catedral. Y Uribe nos refrescó la memoria sobre la indiferencia con el pueblo de los gobiernos que lo antecedieron, pues fueron dejando municipios, hasta completar 300, sin autoridades estatales que protegieran a la gente del terror. Con sus fincas bien cuidadas por la tropa, no parecía importarles que las Farc extorsionaran y secuestraran a pocos kilómetros de sus casas presidenciales en Cartagena, Cajicá y Bogotá. También esos gobiernos dieron salvoconductos de Convivir a los paramilitares para que huyeran por las carreteras después de cada masacre.

Y no le falta razón a Uribe, cuando conecta esos gobiernos livianos con el actual de Santos, que cree que necesita un asesor de imagen para desmontar las bandas que, en las narices de su flojo ministro, se le volvieron dos potentes organizaciones criminales que imponen toque de queda en Segovia o pena de muerte en Tumaco.

No obstante, cuando ya creemos que Uribe tiene razón en acusar a los dirigentes bogotanos de que sólo les gusta la Presidencia y el poder, nos acordamos de que gobernó con estos que hoy ataca; que nadie como él había tenido tanto gusto por la Presidencia, pues se hizo reformar la Constitución para doblar el tiempo de su mandato; y que le queda mal criticar a otros por “indiferentes con el pueblo”, cuando él sostuvo funcionarios que les ayudaron a los victimarios a quedarse con fincas robadas al pueblo y otros que desperdiciaron la bonanza económica en concesiones viales a Nules y semejantes y le dejaron al pueblo una cuenta de 1,5 billones de pesos por pagar en irregularidades, según estableció la Contraloría.

Estas peleas de leones dejan ver el poder al desnudo. Cada zarpazo tiene algo de verdad, pero a la vez, pinta de cuerpo entero el cinismo con que la clase dirigente colombiana, toda, nos gobierna.

 

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