Formar los médicos

La semana pasada, El Espectador presentó, en tres informes, la realidad del oficio de la medicina en el país: varios estudios muestran que hay un déficit en el número de especialistas.

Así, en campos como la pediatría, faltarían de 209 a 497, en medicina interna de 206 a 480, en anestesiología de 485 a 732, entre muchas otras cifras un tanto escandalosas. ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué el grueso de estos números?

Ha dicho el ministro de Salud, Alejandro Gaviria, que esto se debe, básicamente, a las roscas: llamó “el cartel de los especialistas” a ese fenómeno que las universidades y las sociedades médicas generan para que solo un pequeño grupo de privilegiados puedan ascender dentro de la rama médica como expertos en una especialidad de ella. Son pocos los cupos que se ofrecen y, como relatamos en uno de los informes, no siempre se distribuyen por las calidades académicas del aspirante, sino por elecciones a dedo. Hay más, sin embargo. A esta deplorable realidad se les unen otras dimensiones propias ya del país: los altos costos de las matrículas, la inestabilidad que supone internarse en un hospital (sin remuneración), y que no existan la tecnología ni la infraestructura necesarias para el número de candidatos aspirantes.

Mientras tanto, el negocio sigue siendo redondo, porque el mercado, a su modo, regula el déficit. No hay que ser muy suspicaz para pensar que estos pocos especialistas cobran mucho por su trabajo (hasta 25 millones de pesos, sin ser de planta) y, aparte, son un eslabón en esa cadena que no deja entrar a más gente: es un secreto a voces en el caso de la cirugía plástica, por ejemplo. Muchos los llamados, pocos (y con nombre propio) los elegidos.

Nadie, igual, se atreve a hablar de estas realidades. El ministro Gaviria ha impulsado una reforma a la salud marcada por la controversia, en buena parte por intentar modificar los incentivos y, sobre todo, los privilegios que se fueron creando en el sistema. Uno de ellos, este de la discriminación en la formación.

Plantea el proyecto que sean los hospitales universitarios los que formen a los especialistas médicos, pagándoles, por demás y como se hace en varios países del mundo, el trabajo que hacen cuando se internan. Esto prendió las alarmas, tanto de las universidades como de los gremios médicos. Que no, dicen unos, que entrenarse en un hospital no es el todo del aprendizaje de la ciencia médica. Que suena bien, dicen otros, pero que no está clara la financiación de este modelo. Jorge Julián Osorio, presidente de la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina, dice que bajo este modelo habría que duplicar las matrículas. Eso, en un país como este, suena inviable.

Sin embargo, que los médicos se formen como especialistas es algo que debe verse, más que como un gasto, como una inversión. Si sigue habiendo este déficit estamos frente a un sistema perverso alimentado por los intereses de unos pocos. Y esa es la cosa de la salud en Colombia: mientras ésta siga viéndose como un beneficio particular y no como un derecho ciudadano, nada bueno podrá pasar. Los principales actores deberían ceder un poco en sus beneficios personales y ver el panorama más amplio y distributivo para toda la sociedad.

Temíamos, como se sospechaba en los pasillos, que este punto se iba a hundir en el debate. No fue así. Es positivo que se discuta esta problemática y que se llegue a un acuerdo de cuál es la mejor solución. La financiación es un tema, por supuesto. Pero la exclusión para privilegiar a unos pocos debe acabarse.

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