Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Formas prácticas de conmemorar

A RAÍZ DE LA CONMEMORACIÓN DE los veinte años del asesinato de Galán, dos cadenas de eventos han captado el interés nacional.

Primero, la declaratoria de imprescriptibilidad del magnicidio, acompañada de una serie de acciones que permiten mantener la esperanza de que alguna vez llegue a ser esclarecido. Segundo, el debate sobre la evaluación del legado que nos dejó Galán, y el intento de varios políticos por hacerse acreedores a parte o la totalidad de él.

Reivindicar a Galán tiene hoy sentido porque fue un político de primera línea, dueño además de una enorme estatura moral (las dos cosas no siempre van juntas). No sólo ayudó a pensar este país desde “la razón práctica”, acopiando un gran acervo de conocimientos para alimentar programas y reformas, sino que comprendió con esa lucidez que siempre deja aislados a los pioneros que sin una lucha decidida por la moralización de la vida pública este país quedaría expuesto a todos los horrores del mundo. Su esfuerzo por “meter a la política dentro de la legalidad”, defendiendo a la vez a capa y espada los valores básicos de la democracia, no sólo alimentó  la Constitución de 1991, sino que acertó a identificar el problema fundamental de una generación, la suya, la nuestra, que lo hubiera visto actuar como presidente si las balas asesinas no tronchan su destino.

Es desde esta perspectiva que puede hacerse uno razonablemente la pregunta de quién tiene derecho de reclamarse heredero de Galán. Ciertamente, ninguno de aquellos que se codearon con el líder, pero que ahora no tienen problema alguno en pedalearle a un proyecto que debilita esa democracia en cuya defensa aquel sacrificó su vida; un proyecto que le abre cada vez más espacio a la narco-para-política, y que la ha convertido en socio legítimo de Gobierno. Creería que son más bien los que han aprovechado las herramientas de la Constitución de 1991 para producir una efectiva moralización de la esfera pública: aunque no hubieran conocido a Galán, y aunque en muchos sentidos pertenezcan a un mundo en el que él se hubiera sentido extraño.

Mejor dicho, tipos como Mockus. A propósito, creo que los votantes de Galán y de Mockus salen de la misma cantera social y tienen horizontes mentales parecidos (esta es una hipótesis, no tengo evidencia dura para confirmarla). O como Fajardo. Con todas las limitaciones que puedan tener uno y otro. Y siguiendo en esa tónica, se me antoja que la mejor conmemoración del sacrificio de Galán es revivir el proyecto de los quíntuples, bloqueado en mala hora por persistir en esfuerzos individuales. Yo entiendo perfectamente la perspectiva de Fajardo: va adelante entre los independientes, y cuando uno juega en las grandes ligas no tiene por qué portarse como un angelito (y sí: Galán era honesto, pero no dulce ni ingenuo). Pero Fajardo partía de la hipótesis de que Uribe no se presentaría. Ya sabemos que lo hará, a ciencia cierta. Y en las nuevas condiciones, ni Fajardo ni nadie tienen la menor posibilidad a menos de que se involucren en un programa de alianzas amplio. Cambian las hipótesis, cambian las conclusiones. Necesitamos que el proyecto de los quíntuples no aborte. Para que Galán siga siendo más que un recuerdo.

 

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