Por: Nicolás Uribe Rueda

Fortalecer es mejorar

No deja de sorprender la superficialidad con la cual analizamos las falencias institucionales que padecemos.

En ausencia de debate profundo sobre las causas de nuestros infortunios, terminamos sustituyendo los argumentos por insultos y las razones por prejuicios. Con frecuencia confundimos la fuerza de los argumentos con la cantidad de los aplausos y nos inclinamos por impulsar las soluciones que entusiasman a la galería pero que poco o nada aportan en la salida definitiva a las dificultades.

La actual discusión sobre el Congreso y su funcionamiento es tal vez el más elocuente y triste ejemplo de aquello a lo que me refiero. Tenemos una ciudadanía indignada, una institución postrada y unos actores políticos haciendo cuanto está a su alcance para evitar que el desprestigio institucional les contamine. Sin embargo, al mismo tiempo, y luego de un mes largo de manifestaciones ciudadanas y reacciones políticas desde todos los puntos cardinales de la opinión, no hemos logrado siquiera delinear una serie de propuestas que abran el debate y planteen soluciones a un problema que no se resuelve con revocatorias ni renuncias.

Para reformar el Congreso debemos pensar en el mejoramiento de nuestro sistema de partidos. Y ello pasa necesariamente por volver a temas sobre los cuales se ha discutido ampliamente en el pasado, como por ejemplo la democracia interna de las colectividades, la preselección de candidatos, la financiación transparente, la eliminación de las listas con voto preferente, la creación obligatoria de escuelas de formación política, la consolidación de la identidad ideológica y hasta la opción del voto obligatorio.

Sin embargo, si lo que queremos es en serio resolver los problemas que tiene nuestro Congreso, debemos ponernos de acuerdo en impulsar la idea de su fortalecimiento y abandonar definitivamente la contraria, según la cual para que funcione bien hay que limitarlo, desacreditar sus integrantes y eliminar algunas de sus competencias. Habiendo vivido desde adentro lo que en el Congreso acontece y conociendo de cerca sus angustias, desviaciones y posibilidades, la conclusión que parece más acertada es que sus dificultades no surgen del exceso de poder, sino precisamente como consecuencia de su debilidad y del impacto negativo que ello tiene en las relaciones con los demás poderes públicos. Hoy, por ejemplo, el Congreso no tiene iniciativa de gasto ni puede motivar inversiones regionales. Es incapaz de juzgar funcionarios sobre los cuales tiene competencia, al mismo tiempo que es investigado por el Consejo de Estado, la Procuraduría y la Corte Suprema de Justicia. La dependencia casi absoluta del ejecutivo hace del Congreso un instrumento ineficaz para el control político y para la generación de ideas y alternativas de gobierno. Sus miembros están desprestigiados y no generan solidaridad de cuerpo para la defensa de las causas institucionales y mucho menos para reafirmar la importancia de sus competencias.

Pongámonos de acuerdo: a nadie le sirve un Congreso postrado, reducido e inútil. Recuperemos el lugar que se merece en democracia e inmediatamente después pongámonos a la tarea de introducirle las reformas que se consideren pertinentes.

@NicolasUribe

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