Fortaleza

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El fascismo no es un problema histórico. Tampoco se lo puede anudar a los extremismos del siglo XX que el fin de las ideologías habría dejado atrás. Es, por supuesto, lo que querrían creer y hacernos creer quienes se dicen de ‘extremo centro.’ Su afán consiste en aparecer frente a las cámaras como la encarnación de la fortaleza y la temperancia, virtudes que suelen presentar como la esencia misma del republicanismo y la democracia.

Nada más lejos de ser cierto. Fortaleza, constancia y temperancia emergieron o fueron reinventadas como virtudes políticas en el pensamiento ibérico y anglosajón necesitados en su era imperial tanto de sostenerse en aquella virtud como de servirse del arte de la construcción de fortalezas, murallas o baluartes y demás técnicas para el control y vigilancia del territorio. Se trata de una mentalidad. Una suerte de espíritu de los tiempos sin espíritu. Ella misma una ideología de conservación y defensa.

Defensa y conservación de lo conquistado o lo anexado al centro. Y entonces, temperancia del centro geográfico o la metrópolis como análogo del alma equilibrada o los climas templados cuyas temperaturas invitarían al trabajo y no a los excesos. Mas acá de las innovaciones en materia de defensa, de la muralla y el bastión al software y los drones, dicha mentalidad adelanta el discurso de la modernidad y los centrismos euro o americanos: la interioridad visual y perspectiva, las líneas de demarcación y secuencia narrativa, el reparto óptimo de los recursos en la profundidad del espacio -inclusive el humano.

En las Américas, dicha mentalidad se fusionó con los ideales de la conquista del oeste o la frontera, el destino manifiesto, y las justificaciones de la esclavitud o el desplazamiento forzoso con fines de mejoramiento y protección. Son estos los fundamentos de nuestras sociedades de colonización blanca, dominantes respecto de los republicanos. Dicho de una vez, es la ideología después del fin de las ideologías.

Ella une a católicos y protestantes, a liberales y conservadores, a las clases altas y las clases medias, a Trump y a Biden. ‘Es hora de pasar la pagina,’ dijo este último al aparecer en las pantallas de los hogares americanos una vez los miembros de colegio electoral de Hawái depositaran sus últimos cuatro votos en el Colegio Electoral. Habló del ‘triunfo de la democracia’ sobre la pandemia y el abuso de poder. No se espera sin embargo que Trump asista a la posesión de Biden. No habrá catarsis. Y en privado éste asegura que no cesará de cuestionar la legitimidad de las elecciones.

Quizás piense: ¿Si ello funciona respecto de Venezuela o Bolivia, por qué no en los Estados Unidos? Buena parte de los 70 millones que votaron por el así lo creen. Un día antes del discurso de Biden, varios de ellos, fascistas, se tomaron las calles de la capital de los Estados Unidos.

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