Apagón en Venezuela: el país está en riesgo de quedarse un mes sin luz

hace 5 horas
Por: Reinaldo Spitaletta

Fosa común Colombia

La violencia ha llenado a Colombia de fosas comunes. Ríos, escombreras, platanales, llanuras y montañas, convertidos en cementerios forzosos, testimonios de una larga barbarie, muchos de ellos sin desenterrar todavía, dan cuenta de infinitos dolores y crímenes a granel.

No ha sido extraño en Colombia que los victimarios jueguen al fútbol con la cabeza de alguna de sus víctimas, como ocurrió, por ejemplo, en la masacre de El Salado, propiciada por los paramilitares. En los Montes de María, en una de las muchísimas matanzas que ha habido en este país de asesinos y mentirosos, los paracos exterminaban a punta de moto sierra, destornilladores, machetes, cuchillos (sin contar la fusilería), mientras se emborrachaban y escuchaban canciones a todo volumen.

Tal vez a excepción hecha de la masacre de las bananeras, en Ciénaga (1928), donde muchos cadáveres de trabajadores de las plantaciones los arrojaron al mar, la tierra ha sido una extensísima fosa común. Miles de cuerpos de desaparecidos yacen en la oscuridad, con lo que el país de la impunidad, alcanza deshonrosos records de crímenes, más que las viejas dictaduras del Cono Sur del continente.

Y en ese sentido, La Escombrera de la Comuna 13 de Medellín, que vuelve a ser noticia por las excavaciones en búsqueda de restos de desaparecidos, está en el dantesco contexto de los miles de crímenes ocasionados por el conflicto armado colombiano. Disputado por paramilitares, guerrilleros y otros milicianos, el territorio estratégico de los barrios de esa parte de la ciudad, se transformó en un infierno durante la Operación Orión, en apariencia oficial, pero que contó con el concurso de los paramilitares.

Poblada en su mayoría por pobres, gentes desplazadas por la violencia, la comuna va a tener en su territorio la presencia de las Farc y el Eln, aparte de otras vertientes, como las de los milicianos, que encuentran entre los habitantes aliados en las luchas por diversas reivindicaciones sociales. Ya para el 2000, alias Don Berna es el capo mayor de los paracos en Medellín, tras desbancar al Bloque Metro. El corredor de la comuna, con salidas hacia el suroeste y el occidente, se tornó un territorio atractivo para los grupos armados.

Y los paracos tenían en la mira dominar a toda costa aquella geografía. Una posición excepcional para el tráfico de armas y de estupefacientes. Así que el 29 de mayo de 2002, con el pretexto de pacificación de la zona, se montó una primera operación militar (la Operación Mariscal), con novecientos hombres de la fuerza pública. Hubo nueve civiles muertos, entre ellos cuatro niños, treinta heridos y cincuenta detenidos. La gente salió con banderas blancas para reclamar que cesara la intervención.

La denominada seguridad democrática prácticamente fue estrenada por Uribe con la Operación Orión el 16 de octubre de 2002, que tuvo una suerte de calistenia con la Operación Antorcha (agosto 15 de 2002). Cinco batallones de la IV Brigada, fuerzas especiales y de contraguerrilla, con apoyo del ahora desaparecido DAS, entraron a los barrios de la Trece. Como se supo después, los paramilitares también participaron con el ejército en los operativos que, según Don Berna, dejaron trescientos muertos o desaparecidos que fueron enterrados en La Escombrera.

El mismo capo advirtió que la Operación Orión fue planificada y coordinada por el Bloque Cacique Nutibara y la IV Brigada, al mando entonces del general Mario Montoya. Según un testimonio reciente de una habitante, las fuerzas del Estado se tomaron la comuna en 2002, sacaron los reductos guerrilleros, “pero dejaron a los paracos viviendo entre nosotros” (El Colombiano 2-08-2015).

La Orión fue una operación para que el paramilitarismo controlara aquella zona. La esperanza de muchos dolientes, que esperan encontrar los restos de sus muertos en La Escombrera, está en las excavaciones que se adelantan en un terreno con más de veinte mil metros cúbicos de tierra. Los “combos” o bandas criminales de la zona ya empezaron a oponerse a la remoción, porque tienen como negocio el botadero de escombros.

Las excavaciones son el resultado de la presión y trámites de los familiares de las víctimas, que desde hace diez años exigieron la remoción como parte de un proceso de verdad y reparación, que todavía está en veremos.

Con todo que Medellín se sigue vendiendo en las vitrinas internacionales como “la más innovadora”, con turistas de ferias y eventos, como un centro de negocios, las bandas criminales continúan ejerciendo su poder en el centro y las barriadas. Mientras tanto, su fosa común más sonada continúa gritando.

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Reinaldo Spitaletta

Risa, religión y ateísmo

Minga y ultraderecha racista

Trump y un tinto con glifosato

¡Cuidado! La tierra es plana

Masacre en las mezquitas