Por: Mauricio Rubio

Fotonovela de la justicia

La crítica más demoledora que he visto a la estrella judicial colombiana es una fotonovela realizada por una profesora norteamericana.

Fácil de leer y asimilar, el “Viaje a través del desafío del diseño de la tutela de la Corte Constitucional Colombiana” es obra de Margaret Hagan, directora del Legal Design Lab de Stanford y conferencista en la escuela de leyes de esa universidad.

Hagan vino a visitar a Santiago Pardo, un exalumno suyo que montó en la Universidad de los Andes un laboratorio semejante. Este constitucionalista está trabajando con Santiago de Francisco, profesor de diseño, en un proyecto con la Corte Constitucional (CC) para redefinir “cómo las personas interactúan con esta y cómo se procesan los casos”. Lo hacen para una clase de derecho y la CC les da amplio acceso para observar, hacer entrevistas, revisar, elaborar prototipos y pruebas in situ.

Definitivamente “una imagen vale más que mil palabras”. La primera fotografía es del plácido entorno, con vista panorámica sobre Bogotá, donde se conciben ideas geniales para arreglar problemas nacionales. Al bajar al mundo real se ve un camión con los bultos de expedientes que llegan desde todo el país y que nadie volverá a mirar. Dentro de la sede de la CC se aprecia el gigantesco espacio en donde estudiantes de derecho en pasantía, necesariamente de Bogotá y probablemente de Uniandes y otras facultades de élite, hacen una selección de las tutelas que serán revisadas por la CC. Ahí se alcanza a sospechar cómo llegan las modas intelectuales del exterior a la jurisprudencia y por qué muchos debates se centran en las preocupaciones intensas de unas cuantas mentes brillantes, que convencen a los medios y a la opinión pública ilustrada de que se trata de asuntos fundamentales para el futuro de Colombia. No sorprendería que en el futuro la CC atribuya la congestión causada por la tutela en todas las jurisdicciones a la falta de Design Labs y ordene construirlos.

No extraña que la autorización para entrometerse en sus dominios y observar de cerca su funcionamiento haya beneficiado a Uniandes, bastión y cuna de la CC, de donde jamás saldría una verdadera crítica, una objeción seria. Además, el proyecto abordará el revolucionario tema del “diseño legal”, no temas espinosos como la falta de transparencia o la concentración de poder.

Como buen proyecto de vanguardia, se parte de la pretensión de estar abriendo fronteras, cuando el diseño espacial, logístico y administrativo de los juzgados, la adecuación de los flujos de expedientes y de la “clientela” estuvo hace años de moda en las agencias multilaterales, cuyos ingenieros pretendieron mejorar así la eficiencia de la justicia latinoamericana.

La visitante y sus anfitriones no parecen conscientes de que el principal, principalísimo insumo de la justicia, casi el único pertinente, son los jueces. Y que aquellos con los que sueña desde hace tres décadas el constitucionalismo criollo, los del common law, los mismos de las series gringas de TV, los que la profesora de Stanford conoce y tal vez supone universales, no tienen absolutamente nada que ver con aquellos formados en la tradición civilista continental, como en Colombia, incluso para despachar tutelas.

Estos especialistas no han calibrado la importancia de ese monstruo que los constitucionalistas abominan: el derecho procesal. Explícitamente han ensalzado la informalidad y la avalancha de tutelas que se suponen indicio de popularidad. Tal vez creen que los rituales de las cortes del common law son espontáneos, ignorando siglos de entrenamiento y trabajo en los juzgados, no en las universidades, con depuración de prioridades, control del acceso y lucha contra la improvisación que se asimilaron en la jurisprudencia.

Difícil no anotar que el diseño, normalmente, viene antes de la construcción de inmuebles o instituciones y no décadas después, cuando los problemas hacen metástasis y la emergencia ya atañe a otras especialidades.

Es una lástima que el Design Lab de Stanford aún no se interese por la JEP, cuyo accidentado funcionamiento se basa en un mamarracho concebido bajo presión por la pazología urgente, excomandantes guerrilleros y un abogado comunista español, ninguno de los cuales se destaca por su refinamiento en arquitectura institucional. Como el diseño legal según Hagan, esta variante de la justicia “se ha convertido en una cosa pero todavía no sabemos exactamente lo que podría ser”.

La novel JEP y su hinchada, tan soberbias que pretenden contar con métodos infalibles e inmodificables, cometen el mismo error de menospreciar el factor humano. Suponen alegremente que Colombia cuenta con especialistas en justicia restaurativa, un arte comunitario, y que toda la ciudadanía clama que el castigo no sirve y toca reconciliar a las víctimas con los victimarios.

La fotonovela finaliza con una eufórica declaración. “¡Manténgase atento a la próxima publicación con más propuestas sobre cómo rediseñar partes del sistema de tutela!”. Of course, we love gringo design!

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