Por: Iván Mejía Álvarez

Fracaso total

Nunca se le vio contento en Bogotá. Nunca se sintió a gusto en Santa Fe. Siempre dio la impresión de que estaba de paso, a las carreras, como cumpliendo un delicado encargo profesional, dirán algunos; otros más pragmáticos afirmarán que ganándose un billete largo.

El domingo, tras otra horrible presentación del equipo que entrenaba durante toda la semana para que obsequiara buen fútbol y una visión moderna de la táctica, perdía contra el modestísimo Quindío y ese era el momento propicio para decir adiós. Como ya lo había hecho en Guatemala hace apenas un año y medio.

Entre Hernán Darío Gómez y la hinchada roja, la habitual de cinco mil aficionados, nunca hubo empatía, cariño, ese hilo que sube y baja entre el banco técnico y la tribuna, que contagia y fecunda prolongados romances. Los hinchas lo veían como un ave de paso que se ganaba muy buena plata y no lograba que ese equipo armado a golpe de talonario, con grandes inversiones de esmeraldas, zanahorias, papas, vaya uno a saber de dónde salió todo ese billete, jugara a lo que ellos soñaban cuando oían los nombres que llegaban para su equipo.

El técnico, realista y claro, fue enfático en su declaración de principios al presentar públicamente su renuncia: “tuve mi primer fracaso el año pasado cuando no nos clasificamos a las finales. Este año llevamos 11 partidos y aún no he podido llegar al equilibrio”. Lo dijo él, lo corroboran los números: 29 dirigidos, 11 ganados, ocho empatados, 10 perdidos. Un desastre de campaña para esa nómina.

Gómez estaba que sacaba la maleta hacía rato. Ya había anticipado su renuncia cuando perdieron con Equidad, pero Farfán no lo dejó. Esta vez, con la insólita derrota en cinco minutos ante un Quindío con un hombre menos, fue directo al epílogo y anunció que se iba, sin hablar primero con quienes le contrataron, lo cual tiene a los dirigentes molestos.

Gómez se devuelve a su tierra, deja a Santa Fe en la olla, eliminado y obligado a ganar 12 puntos de acá para adelante, con una escuadra que nunca entendió el fútbol miedoso, ultradefensivo, timorato, amarrado a la táctica, que pregonó su técnico. Un equipo que con cinco delanteros en la nómina sólo utilizaba a uno.

Pidió volantes creativos y se los trajeron, delanteros y llegaron, los directivos y el público querían goles y espectáculo, unidos a los resultados, pero éstos nunca aparecieron y por eso el matrimonio no funcionó.

Maturana se fue de Trinidad, Suárez paga las verdes y las maduras en Nacional, Sarmiento no la ve clara en el Pereira, Gómez abandona a Santa Fe. Un estilo, una idea en el banquillo, una escuela en decadencia y en sus horas finales.

 

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