Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Fracasomanía pacifista?

Hace mucho, Albert Hirschman se refirió en su Sesgo a favor de la esperanza a la “fracasomanía latinoamericana”.

 Con el término quería definir la tendencia a calificar como fracaso los avances parciales, los triunfos incompletos, los progresos ambiguos. A menudo, la fracasomanía es resultado de un ardiente deseo de producir grandes transformaciones, pero el resultado habitual es que las hace encallar. Entre otras muchas cosas, porque muy rara vez los cambios positivos se obtienen sin límites, costos, o efectos laterales indeseados.

En el momento en que escribo estas líneas, parece que con respecto de la paz la fracasomanía colombiana —una de las cepas más virulentas de la latinoamericana— se ha tomado totalmente el horizonte de imaginación de políticos y formadores de opinión. Sin embargo, si repasamos un poco cómo van las cosas, hay progresos muy sustanciales, que ningún partidario serio de la paz quisiera dejar pasar desapercibidos. Cierto: el proceso se está demorando demasiado. Si estas cosas se eternizan, se desgastan inevitablemente. Pero por otro lado, las dos partes han mostrado gestos efectivos de querer estar “atornilladas” al proceso, obtuvieron un acuerdo agrario incompleto (en muchos sentidos), pero histórico, y están debatiendo en serio sobre lo que hay que debatir. No es poco. Puedo decir que nunca había visto algo así, ni de lejos. Lo de Tumaco es un horror, y una burrada imperdonable (un crimen y una estupidez), pero por otra parte la escalada terrorista guerrillera para llegar con fuerza a la mesa de negociación, que tantos generales de sillón habían predicho con seguridad absoluta y ceño fruncido, no llegó. Estamos muy mal preparados para la paz, pero a la vez a las instituciones a veces les da por funcionar, y el Congreso aprobó el referendo. Nadie podría decir que el desenlace está asegurado. Pero la posibilidad de sacar avante el proceso está ahí, viva y tangible.

En fin: nos encontramos frente al proverbial panorama saturado de grises. Y sin embargo, se ha creado —con iniciativa que proviene en esencia de los amigos y no de los enemigos de la paz— una suerte de pánico moral acerca del proceso. El uno habla de fracaso, el otro de mandaderos, el de más allá de la necesidad de reconsiderar, el de acullá de cargarle más exigencias. Alguien grita “oligarca”, otro responde “terrorista”. Y al tuntún de los decibeles que suben comienzan a aparecer las propuestas de pararse, de suspender, de cerrar, de aplazar. Lo que me da muy mala espina: apuesto diez a uno a que si se paran, no vuelven. Pero el punto sorprendente es que el griterío se da en medio de avances reales, difíciles, obtenidos a punta de destreza y pulso. De cara a un país que quiere la paz en serio, que no ve en ella a una blanca paloma, pero tampoco a un sapo asqueroso. La inconsciencia acerca del verdadero estado de la opinión aflora en todas partes. El señor José Darío Salazar, quien no es un bisoño, como que fue presidente del Partido Conservador, declaró este miércoles, llevado por su propio fervor, que “el país no quiere la paz de Santos”. Bueno, primero la paz no pertenece al presidente, sino que es un principio constitucional del que somos depositarios todos los ciudadanos (obviamente, la iniciativa de comenzar a conversar es mérito suyo). Segundo, todos los sondeos, sin excepción, dan ventaja abrumadora a los partidarios de la paz sobre sus enemigos. El señor Salazar se encuentra, pues, en abyecta minoría. Pero no se da cuenta. Y no hay nadie que se lo recuerde, porque los amigos de la paz se mueren del temor y de la vergüenza de admitir que el proceso ha producido cosas buenas.

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