Por: Cartas de los lectores

“Fracking”: “To be or not to be”

“Fracking”: “To be or not to be”

Con voz trémula, María Fernanda Suárez, ministra de Minas y Energía, en respuesta al Consejo de Estado, que había suspendido su programa de pruebas pilotos para el fracking, afirmó que “negar las pruebas equivale a negar la ciencia”, pues “lo que está en juego es la seguridad energética del país”. Pero ni tanto que queme al santo... El gerente de Ecopetrol, Felipe Bayón, puntualiza: las reservas de gas alcanzarían para 9,8 años, sin incluir los bloques en etapa de delimitación, y al paso indica que el contrato con la Regasificadora del Pacífico, que diligencia la ministra ($2,1 billones), no debe suscribirse por innecesario y porque incrementaría el precio del gas natural. Las reservas de petróleo no superarían 6,2 años, pero en El Espectador de octubre 1°, Miguel Morelli, de la Agencia Nacional de Hidrocarburos, anuncia que se han firmado contratos de exploración y producción por US$2.170 millones.

El programa de pruebas piloto, admitió el Consejo de Estado, se podrá cumplir con objeto de determinar la viabilidad del sistema, no con enfoque comercial, pero, ¿la decisión de decenas de países que prohibieron o impusieron moratoria al fracking mientras no se constatara que no produciría daños irreparables al medioambiente no convence a la ministra?

Lo que debe entender la ministra Suárez es que la seguridad energética no se asegura tanto con más de lo mismo, combustibles fósiles, como en adoptar ahora, que no hay inminencia de extinción de hidrocarburos, la idea del desarrollo sostenible y su meta: “Para 2030, los países dispondrán de una energía económica, sostenible y segura”.

Como prueba o no, el fracking consiste en introducir en el suelo, verticalmente, un tubo de acero hasta una profundidad de 4.000 metros donde toma dirección horizontal, unos 2.000 metros, hasta encontrar un manto de rocas de esquisto. Previamente se ha inyectado al tubo, a altísima presión, una mezcla de agua y arena y un 2 % de aditivos químicos (cuya naturaleza no revelan), que al chocar contra la roca de esquisto crea fracturas que permiten la liberación del hidrocarburo, el cual alcanza la superficie por el tubo, precedido del flowback del agua de mezcla.

Se emplean unos 22 millones de litros de agua por operación, de los que regresa un 70 % de líquido muy contaminado, entre otros, de metano, más culpable del calentamiento global que el CO2. El agua de flowback, arruinada absolutamente, suele ser reinyectada al subsuelo, lo cual incrementa la sismicidad asociada con el sistema. Más grave, durante el fracturamiento se abre la caja de Pandora: elementos como el metano, junto con sólidos disueltos en el agua, metales pesados e incluso radiactivos migran y podrían alcanzar los acuíferos.

Samuel Camargo.  Ingeniero, UN.

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