Por: Arlene B. Tickner

Francia: ¿poco y tarde?

Luego de casi un mes de protestas, aumentos masivos en la presencia policial en París y otras ciudades de Francia, preocupantes escaladas de violencia, miles de arrestos y miles de millones en pérdidas económicas, el impopular presidente Emmanuel Macron reconoció las fallas de su Gobierno, pidió perdón y anunció una serie de medidas con las que busca aplacar a los gilets jaunes, incluyendo el aumento del salario mínimo. Sin embargo, la rabia y el sentido de injusticia que han salido a flote en este movimiento —originado en el impuesto ecológico a la gasolina, pero convertido en algo mucho más grande— difícilmente se resolverán con tan poco.

Se trata de un caso paradójico, por cuanto la elección de Macron fue celebrada como el rechazo popular al orden tradicional y el inicio de una nueva era en la política francesa. No obstante, en poco más de 18 meses, el presidente se ha ganado la antipatía de dos tercios de la población. Si bien protestas como las que se han tomado a Francia se han vuelto comunes en muchas democracias occidentales afectadas por la globalización y la crisis financiera de 2008, la “revolución” de Macron, como tituló su libro de campaña, nunca contempló a los sectores periféricos, sino que se trató de una reforma impuesta desde arriba a partir del ejercicio jerarquizado del poder por parte de una tecnocracia elitista. De allí la percepción negativa del mandatario como arrogante, despectivo y alejado de las realidades vividas de la mayoría de los franceses, quienes han visto crecer de forma dramática la desigualdad de ingresos durante las últimas décadas, y enfrentan tasas promedio de pobreza y desempleo del 9 y 14%, respectivamente, siendo estas considerablemente mayores en las zonas rurales y los suburbios.

A diferencia de otros movimientos similares en Europa y Estados Unidos, los chalecos amarillos no están atados a un partido, no se enfocan en la supuesta amenaza planteada por la migración, no tienen un trasfondo nacionalista, y agrupan a sectores sociales y demográficos distintos con ideologías tanto de derecha como de izquierda. Su espontaneidad, tamaño, diversidad, altos grados de violencia —mucha cometida por otros grupos— y desconfianza común en las instituciones políticas y las élites tiene a la clase política con los pelos de punta, aunque es difícil entender cómo las protestas la tomaron tan de sorpresa.

A la luz de estas manifestaciones —que no dan señales de cesar— es de esperar que la agenda de reforma al trabajo, el sistema pensional, el servicio civil y los impuestos enfrente serios obstáculos, así como la reducción del gasto público y el cumplimiento de los compromisos de la eurozona en cuanto al déficit fiscal. Un Macron absorbido por semejante situación interna no ayuda tampoco a la Unión Europea, en la cual el liderazgo del francés ha sido crítico. Mientras que sus respectivas crisis han llevado al retraimiento de los gobiernos de Francia y Alemania de este debilitado proyecto, el empoderamiento de la ultraderecha en países como Italia, Hungría, Polonia y Austria, por no hablar de todo el continente, se verá reflejado en las elecciones del Parlamento Europeo de marzo entrante, en donde el avance de las fuerzas nacionalistas, xenófobas y antiliberales es casi inevitable.

 

 

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