Por: Beatriz Miranda

Francia: un freno a la derecha (por ahora)

A pocas horas de la significativa victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales de Francia, con 66 % de los votos, gran parte del mundo se siente más tranquila.

Su llegada al Palacio del Elíseo detendrá el avance del populismo de extrema derecha, tan bien representado por su opositora, Marine Le Pen, por el presidente Donald Trump en Estados Unidos y por Theresa May en Inglaterra. Por ahora, Francia no hará parte de este controvertido e impredecible “triángulo de las Bermudas”.

Aunque los electores no estuvieran completamente seguros, al optar por el presidente más joven de la historia de Francia —39 años—, alumno brillante de instituciones renombradas de Francia, como la ENA, y exministro de Economía, pero sin experiencia en gobernar, enviaron un mensaje claro: desean una nueva Francia, más allá de los dos partidos tradicionales que dominaron el escenario político nacional por más de medio siglo: el socialista y el conservador republicano, distante del Brexit y temporalmente lejos de la derecha y de la izquierda.

La edición de domingo del diario Libération resumió con genialidad el contexto doméstico: “Hagan lo que quieran, pero voten Macron”.

Con todo, no hay que olvidar que las elecciones legislativas en Francia ocurrirán en julio y Le Pen y sus aliados no medirán esfuerzos para tener una presencia más efectiva en el Parlamento. Si se observa la trayectoria del lepenismo, desde 2002, cuando el papá de Marine Le Pen perdió las elecciones frente a Jacques Chirac, se puede verificar el crecimiento exponencial en número de seguidores.

¿Los lepenistas utilizarán la vía parlamentaria para buscar el poder y/o bloquear cambios importantes propuestos por el nuevo gobierno? ¿La izquierda recuperará su credibilidad en el nuevo Parlamento?

A pesar de la significativa victoria de Macron, la contienda electoral evidenció una Francia dividida: con 25 % de abstención y 12 % de votos blancos.

En su primer discurso, Emmanuel Macron se comprometió a “defender a Francia, sus intereses vitales, su imagen” y también “defender a Europa, porque lo que está en juego es nuestra civilización, nuestra manera de ser libres”.

El nuevo mandatario de Francia tendrá en sus manos enormes desafíos. Entre otros, la migración y su impacto en lo que concierne a los valores y la identidad franceses. En cierto sentido, disminuir los efectos negativos de la globalización en el contexto doméstico.

Segundo, la seguridad: desde 2015, pareciera ser que el preludio de una tercera guerra mundial, no convencional, de alcance global, empezó luego de los ataques en París.

El viernes negro de Francia una vez más recordaba el 11 de septiembre (2001) en Nueva York, el 11 de marzo (2004) de Madrid, el 7 de julio (2005) de Londres, el 22 de julio (2005) de Oslo y Utoya, el 7 de enero (2015) de Charlie Hebdo.

Desde 2015, el país es regido por el estado de excepción, las atribuciones de las fuerzas de seguridad fueron ampliadas y ya son habituales las patrullas en lugares públicos de gran circulación.

La red de yihadistas o simpatizantes en el país es bastante amplia y el temor a nuevos ataques terroristas pasa sobre el imaginario de Francia. Macron afirma estar de acuerdo con el incremento del número de policías y la capacidad de las cárceles, pero demuestra su renuencia a prolongar el estado de excepción.

Tercero, la economía será otro de sus grandes retos, dado que en los últimos años Francia ha presentado un índice de crecimiento inferior al promedio de los países de la Unión Europea: 1,7 %. El tema laboral deberá ser una de las prioridades de su agenda, pues el país presenta una tasa de desempleo de 10 %, lo que atañe sobre todo a los jóvenes.

* Profesora Universidad Externado.

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