Por: Piedad Bonnett

Francia y el sexo

Creon que fue García Márquez el que dijo que no hay nada mejor que hacer el amor con amor.

 Y cualquiera que tenga un poco de experiencia sabe que esto es así. Aclarando que esa expresión, “hacer el amor” —que parece que se acuña en Francia hace dos siglos para eludir mencionar la palabra sexo— responde históricamente a un ideal romántico de vida, que asocia el sexo con la afectividad. Y sin embargo, García Márquez también dijo que “el sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor”. Y Woody Allen, ese estupendo y descarnado ironista, que “el sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores”.

La verdad es que la intimidad ha sufrido toda clase de transformaciones en las sociedades modernas, como muy bien lo analiza Anthony Giddens. Este autor señala, apoyándose en Graham Hendrick, que la conquista paulatina de la igualdad sexual de las mujeres hace que el término “mujer fácil” sea hoy totalmente anacrónico, así como también el de “donjuán”, pues los mujeriegos, esos personajes irrisorios que sólo tratan de probarse que pueden conquistar y a los que él llama “fósiles de una edad anterior”, no se justifican cuando las mujeres están cada vez más abiertas a los requerimientos amorosos de los hombres. Porque, añade Giddens, “¿qué premio ofrece una victoria cuando ésta es tan sencilla?”. Dentro de esta lógica, se diría que en estos tiempos del “amor líquido”, en que las relaciones son inestables, se cambia fácilmente de pareja, la soltería no se estigmatiza y la institución matrimonial tambalea, la prostitución tendería a disminuir. Pero no: ese antiquísimo oficio tiende a permanecer por los siglos de los siglos.

El hecho es que no puede haber prostituta en ejercicio sin cliente que la requiera. Y aunque puede que ese tipo de relación a muchos nos parezca triste, el hecho es que siempre hay y habrá quien acuda a ella. Por eso resulta tan polémico el proyecto de ley que el gobierno socialista de Francia pretende presentar a fines de este mes, por el cual se sancionaría con multa de 1.500 euros a quienes usen los servicios de prostitutas y de 3.000 a los reincidentes. Proyecto que ha hecho que 343 intelectuales franceses se pronuncien en contra con un documento provocadoramente llamado “No toques a mi puta” argumentando que si hoy —y con la excusa de proteger a la mujer— el Estado legisla sobre los gustos sexuales de sus ciudadanos, decretando “normas sobre los deseos y placeres”, mañana puede legislar sobre cualquier otra cosa que violente su intimidad. Aclaran, sí, que están en contra de la explotación de las mujeres y el tráfico de personas, y que por tanto se refieren a aquellas damas que voluntariamente ejercen la prostitución.

Y tienen razón: recurrir al amor pagado es un derecho como cualquier otro. No extraña que esta propuesta salga de un gobierno que se ha caracterizado por sus deslices hacia el pensamiento de derecha. Pero sí de la magnífica Francia, donde nació el término libertino para denominar a los librepensadores dispuestos a romper con el respeto a los dogmas y “a ir siempre más allá de todos los frenos”, como los definió el Marqués de Sade, autor él de magníficas novelas libertinas.

 

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