Por: Sergio Ocampo Madrid

Francisco, el cabeciduro

Hace casi un mes escribí una columna en la que, comedida o atrevidamente, le aconsejaba al padre Bergoglio que mejor no viniera a Colombia; que buscara alguna excusa para evitarse este viaje porque aquí se iba a decepcionar de una iglesia desobediente, que no fue entusiasta en respaldar la paz; que se iba a asustar con la espeluznante simbiosis de fe y violencia en que nos movemos; que aquí todo se corrompió...

Me cayeron piedras desde muchas partes y me volvieron a decir por la web que me largara, que me muriera, que me cuidara, en esa actitud de tantos colombianos de asumir la prerrogativa sobre quién puede existir y quién no, de escoger por uno el tamaño y el peso del concepto de “patria”, y en últimas de si tiene uno derecho o no a vivir en su propio país. Desde las toldas cristianas (también los critiqué por sus pastores y pastoras), alguien del partido Mira me amenazó con que me iba a martirizar el demonio de la risa, lo cual en verdad me dio mucha risa. Pero ya se me pasó; ya los demonios no son como solían ser.

En últimas, veo que el padre Bergoglio llega pasado mañana. Es cabeciduro, como buen latinoamericano, y se va a arriesgar a meterse en este platanal de corrupción, injusticia y violencia. Bueno, pensándolo bien, él tampoco viene del sitio más santo del mundo, aunque eufemísticamente se proclame como Santa Sede. Allí, el papa, este papa, tiene que lidiar a diario con los cardenales, algunos como Tarsicio Bertone que desvió dineros de un hospital pediátrico hace dos años para remodelar su apartamento de 700 metros cuadrados. “Hay por lo menos 30 cardenales que tienen casas más bellas que la mía”, fue la defensa de Bertone. Y, efectivamente, el diario romano Il Messagero arriesgó una lista que encabeza Domenico Cascagno, un príncipe de la iglesia apodado “Rambo” porque tiene colección de rifles y pistolas y le gusta la caza. También están Angelo Comastri, con su piso de 800 metros, el argentino Leonardo Sandri, con 500, y hasta el famoso Angelo Sodano, justo el más connotado opositor de este papa. Y ni hablemos de monseñor Luigi Capozzi, retenido por la Policía en julio por la ruidosa orgía de droga y muchachos en el apartamento del cardenal Coccopalmerio.

Francisco está acostumbrado a lidiar con corrupción, con inequidad, con solapados, taimados y mentirosos, en esa leonera que es la curia romana.

Ya que desoyó mi consejo, venga pues, padre Bergoglio, pero venga a hablar en serio de nuestros problemas. Que no sea la suya una de esas visitas apostólicas a las que nos acostumbró Juan Pablo II, que eran sobre todo unas manifestaciones enormes alrededor del culto a una sola persona (él mismo), y que máximo servían para desautorizar a los curas de izquierda, regañarlos porque hacían política, mientras él hacía altísima política con los neoliberales de cada país para terminar con el anticristo del comunismo. Y la iglesia se desbarató por dentro al esconder curas pedófilos y tapar escándalos financieros y otras ignominias.

Venga, santo padre, a decirles a las Farc que se pongan serios pues esta oportunidad histórica de la paz depende de cuánto asimilen ellos que la soberbia es uno de los pecados mayores dentro de los siete catalogados por san Alberto Magno y que la mentira jamás será una virtud; que entreguen a los menores enrolados y hagan un inventario real de sus bienes. Que sean inteligentes y nos ayuden a perdonarlos por toda la saña con que violaron el quinto mandamiento.

Converse con la ultraderecha; hable con Álvaro Uribe, pero tenga cuidado. Con el paso del tiempo, hemos ido aprendiendo que este señor tiene unos parecidos cada vez más alucinantes con el diabólus bíblico; él es el opositor (Job 1:6); el calumniador (Apocalipsis 12:9); el gran mentiroso (Juan 8:44); la serpiente antigua y disociadora (2 Corintios 11:3). Hágale ver que, según la teología, la ira es el pecado mayor de los siete ya mencionados. La violencia, padre Bergoglio, es un leit motiv en este pobre país desde sus orígenes, por dirigentes como él que pelechan de tiempo en tiempo, inflaman, incendian y desaparecen sin juicios.

Fustigue durísimo a los corruptos, que aquí los hay por montones; recuérdeles que los altos tribunales del cielo son insobornables y que más allá no hay magistrados que se vendan ni abogados torcidos para evitar el castigo; tampoco abuelas que pongan cocaína en los maletines.

Hable con Santos; dígale que se necesitan mensajes suyos más categóricos, más directos contra la corrupción que nos está matando; contra los crímenes de líderes sociales. Sutilmente deslícele la frase de Juan en el libro de Revelaciones (3:16): “porque eres tibio, y no frío o caliente, voy a escupirte de mi boca”.

Grítele, por favor, al analfabeta que gobierna el país vecino que Dios ve con muy malos ojos todo lo que está haciendo para convertir a Venezuela en un cementerio.

En fin, ya que viene usted a esta tierra, haga política; haga política de la buena; la que propende por la ética, por el bien común; por la verdad, la equidad, la justicia. La que se pone del lado del débil y el desamparado. Devuélvale a su iglesia ese carácter de fuerza moral que todavía guarda en sus bases; aquí hay curas que practican y aplican el mensaje original de Cristo, como Francisco de Roux o Diego Jaramillo. Con esos es con los que hay que hablar, santo padre, más que con los de las grandes mitras y los altos báculos.

 

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