Por: Juan David Ochoa

Francisco: retórica y práctica

Llega Francisco a Colombia. Una figura simbólica en un acto simbólico aunque la Constitución, resma de papel presumida e inútil, reafirme la categoría laica de un Estado que pagará una buena suma de sus arcas públicas para homenajearlo. Pero no debería hacerse escándalo por unos miles de millones más invertidos en la logística de acompañamiento y recepción de un personaje coyuntural, aunque sea infructuoso. Finalmente, las arcas públicas se pierden por billones anualmente en contratos alterados y desfalcos astronómicos entre las curules de un Congreso pillo sin que haya mucha indignación al respecto. El asunto y dilema están en que la efectividad de su visita solo será relevante y trascendental para la euforia de sus fieles y para el entretenimiento de las páginas sociales de un país acostumbrado a la marginación.

Se han empezado a difundir los protocolos, los detalles de logística, las canciones compuestas a su nombre, las rutas, los personajes públicos nacionales que lo recibirán, los pormenores de las galas. Y se ha querido argumentar con sobrevaloraciones y frases románticas la importancia de su aval a los procesos políticos actuales. Pero nada puede aportar en términos prácticos una figura abstracta entre los centros reales de la política. Su aparición en Colombia tiene la aureola mística de su vestimenta y el impacto emocional de la representación de un imperio de 2.000 años que refleja las leyendas de otros papas que ejercían el poder de costa a costa en Occidente con sus báculos y sus ejércitos pomposos, que pudieron ser prácticos e influyentes por la gracia del tiempo y la infancia de las naciones, pero ahora no. Un papa ya es un anacronismo iluminado por la fastuosidad de la larga historia de la cristiandad y del Estado Vaticano, un Estado también simbólico y sostenido por el dinero real de los creyentes del mundo.

Francisco es una hipérbole retórica y solemne que pretende ser trascendental repitiendo lo que el mundo ya conoce por su propio instinto, por sus lugares comunes y por todas las teorías humanistas del tiempo: las urgencias del pacifismo, el virtuosismo de la tolerancia, la búsqueda de coherencia entre la incertidumbre. Todas esas sugerencias las hizo Séneca en la antigua Roma y desde posturas también moralistas que influyeron en los emperadores del momento sin abstracciones. Y las hicieron Sócrates y Kant y Voltaire, quien dirigió contundentemente la Ilustración y los primeros suelos de la Revolución francesa que liberó a Francia de las sombras del dogma y del idealismo peligroso bajo la monarquía simbólica e inútil. Y lo siguieron haciendo los existencialistas franceses, intercediendo como mentes y cuerpos prácticos en los movimientos juveniles del momento, respondiendo a las dictaduras con la efectividad de la acción sobre el discurso y la retórica.

Los papas, como ya ha sido escrito y reescrito en la historia, han ejercido su simbolismo recostados en las hegemonías y en las coyunturas desde los mismos tiempos de Constantino, con quien hicieron el negocio de la expansión a cambio de un nuevo gentilicio, hasta los tiempos del fascismo del siglo XX, cuando hicieron silencio rotundo frente a todas las montañas de muertos que dejaron los caudillos. Dirán que Francisco es la revolución y el cambio y una nueva forma de rescatar los principios morales que se esfumaron entre los siglos de la institución, pero hasta hoy, 1.610 días después de su nombramiento, su retórica es tan abstracta y nebulosa como el humo blanco que lo presentó ante el mundo, y su revolución no supera las obviedades dichas por la politiquería y las altas gerencias de todas las empresas del mundo.

 

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