Francisco Santos: frívolo y peligroso

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Francisco Santos Calderón, ese pequeño espíritu errático y desbordado de excentricidad, desfachatez y peligro sigue ostentando poder y diplomacia en Washington: increíble. Pero es aún más increíble y surrealista que haya sostenido su escalada en posiciones de poder desde tiempos lejanos, cuando demostraba con la misma claridad su profundo talento para el desastre. Pasó por los pasillos del periodismo explayando hipérboles y fábulas sin pudor; sostuvo su talante en la vicepresidencia del gobierno más peligroso del siglo, y quiso ser el contrincante feroz al proceso de paz con ínfulas de catedrático de guerra y porte de comandante con la experiencia que le daban los sueños del bloque capital que añoró por siempre, y ahora extiende sus lazos y secretos en la embajada de Colombia en Washington. En los tiempos también surrealistas de Trump afianzó el maquillaje del gobierno de Iván Duque con informes paradisiacos sobre el hedor de los muertos que estorbaban, y lideró el ridículo internacional más ostentoso del momento: un cerco diplomático a un país ajeno que nadie pudo entender desde la lógica de la política exterior, una estrategia agresiva de violación a la autodeterminación de los Estados, y el reconocimiento público de un presidente autoproclamado que apareció de la nada para hacer otro estruendoso ridículo en un contexto al que quisieron equiparar a una nueva versión de caída del muro de Berlín. Se le vio en la frontera, sonriendo y entregando abrazos escandalosos de hermandad cosmética a los venezolanos que pasaban azotados por la desgracia y escupidos y revictimizados por esa táctica sucia de manipulación de un embajador extraño que no sabía qué hacer con su oficina y su cargo al otro lado del continente, y se le vio después, entre las mismas sombras y los suburbios donde se ha sentido más cómodo, complotando contra los ministros de su propio gobierno y apesadumbrado después, en entrevistas, por la manipulación de su voz que habían hecho los enemigos poderosos de su nombre y su imagen envidiables. Ya sabía que el Departamento de Estado de los Estados Unidos lo tenía entre ojos por su espíritu natural de traidor después de haber comentado con su compañera de mesa, la oscura y siempre silente Claudia Blum, los secretos bochornosos de los despachos del país en el que servía como un manso y obediente funcionario de una republiqueta del sur.

Por todos los desmanes y los escándalos pareció de pronto entender la dimensión y la gravedad de su proclividad al espectáculo, y se ocultó por un corto tiempo en la oficina de la embajada a revisar los documentos y papeles represados que seguramente nunca leyó. Pero solo estaba preparando su aparición más pintoresca: su papel de intermediario entre su gobierno interesado en la continuidad del fascismo internacional y la reelección de Donald Trump, destrozando la relación bipartidista que había sostenido el país con los demócratas y los republicanos desde siempre. El plan maestro les falló, como ha fallado todo lo que han puesto increíblemente en las manos de su funcionario más estrambótico y errático. Y continúa allí, sonriendo y levantando su cerviz de delfín envalentonado por su casta, preparando la siguiente estrategia de genuflexión al gobierno de Biden y prometiendo cumplir con las órdenes y las exigencias solemnes del momento. Fiel a su tradición sigue siendo capaz de traicionarlo todo por encontrar un pequeño lugar en el mundo.

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