Por: Juan Carlos Botero

Frane Zelak: depende de cómo se mire

Depende de cómo se mire. Eso me quedé pensando, mientras veía las noticias del mundo en la televisión, con la Franja de Gaza en llamas, Putin actuando como un matón de barrio pero cada vez más popular en Rusia, el Medio Oriente astillándose en pedazos, la polarización anclada en países como Colombia y Estados Unidos, y los enemigos de temas candentes ocupando sus puestos de trinchera, entre estos los derechos homosexuales, la legalización de las drogas, la validez del arte contemporáneo y el debate en torno al cambio climático. Depende de cómo se mire. Entonces me acordé de Frane Zelak, y se me ocurrió que dice mucho de una persona según cómo interpreta la historia de este hombre singular, porque se puede decir que éste ha sido el fulano más afortunado de todos, o, por el contrario, el que ha tenido la peor suerte del mundo.

Frane Zelak era profesor de música en Croacia, y su primer roce con la muerte ocurrió en enero de 1962. Viajando en tren desde Sarajevo a Dubrovnik, una falla hizo que la locomotora saltara de los rieles, cayendo a un río de aguas heladas al fondo de un cañón. Muchos pasajeros murieron aplastados, o se ahogaron atrapados entre la corriente y los vagones destruidos. Pero Frane, en cambio, sólo se partió un brazo, y llegó nadando, maltrecho pero vivo, a la orilla.

Según diversas fuentes, éste sería el primero de varios hechos extraños que le iban a suceder al pobre Frane durante las siguientes cuatro décadas. Al año del accidente del tren, volando en un avión a Rijeka, de pronto la aeronave sufrió una avería, los motores tosieron y se apagaron, y en seguida el avión se precipitó a tierra. Diecinueve personas murieron en el impacto. Sin embargo, antes de chocar, una puerta se abrió de golpe en el fuselaje y Frane salió succionado al vacío sin paracaídas, dando tumbos por el aire, pero de milagro cayó en un almiar, un solitario montículo de paja en un potrero. No sufrió heridas de gravedad.

Dos años después, Frane paseaba tranquilo en un bus, cuando de pronto el vehículo empezó a patinar en el hielo, el conductor perdió el control y el bus reventó la barrera vial, resbalando a un abismo. Cuatro personas murieron, pero Frane se salvó. Luego, seguro suspicaz del transporte público, el profesor de música compró un auto, pero en 1970, mientras conducía por la ciudad, el motor estalló y el vehículo se prendió en una colosal bola de fuego. Frane se arrojó a la calle a tiempo. Al cabo de tres años, al parecer una chispa incendió la bomba de gasolina de su auto, y las llamas brotaron por las rendijas del aire acondicionado, quemando a Frane. También sobrevivió al incidente.

En 1995 Frane fue atropellado por un bus, y tampoco murió. Al año, mientras conducía por una cornisa de curvas peligrosas en la montaña, un camión lo sacó de la carretera; el vehículo se precipitó al vacío, cayendo más de 100 metros, y explotó en llamas. Pero Frane saltó en el último segundo y fue hallado balanceándose en la copa de un árbol, aterrado pero vivo.

Su historia no termina ahí. En el año 2003, a la edad de 72 años, Frane decidió comprar una boleta de lotería y, para su gran sorpresa, ganó el premio mayor. ¿Un hombre con o sin suerte? Depende de cómo se mire. Y esa mirada dice mucho de quien emite el juicio, sobre Frane y sobre el mundo en general.

 

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