Por: Mauricio García Villegas

Frantz y la guerra

Esta semana vi Frantz, una película del director francés François Ozon. Si usted planea ir a verla, lo animo a que lo haga y de paso le recomiendo que no lea esta columna todavía, para no estropear el suspenso bien ponderado que tiene la cinta.

Los hechos ocurren en una batalla de la Primera Guerra Mundial: Adrien, un soldado francés, corre esquivando las bombas que caen, mortales y arbitrarias, a su alrededor. Entonces rueda por una trinchera que no sabe si es amiga o enemiga. Allí se encuentra frente a frente con Frantz, un soldado alemán. Ambos están solos y se miran atónitos, sin saber qué hacer. De pronto Adrien, como siguiendo un libreto ajeno, mata a Frantz. Aterrado, revisa los bolsillos de su compañero-enemigo y encuentra una carta de su prometida en la que se entera de quién era ella y de que Frantz, como él mismo, era un pacifista que tocaba el violín y le gustaban los museos con cuadros impresionistas. A partir de allí, la imagen de Frantz (esa alma gemela y enemiga) lo persigue sin tregua. Por eso, al terminar la guerra viaja a Alemania para visitar su tumba. Allí, en el cementerio de un pequeño pueblo, conoce a Anna, la prometida de Frantz, y a través de ella a los padres del difunto. Incapaz de contar la verdad, se inventa una historia de amistad entrañable con Frantz cuando éste era estudiante de música en Paris. Así logra que los padres del soldado muerto lo inviten a su casa y lo empiecen a querer y que Anna se enamore de él.

La gente del pueblo, sobre todo los adultos, lo miran con rencor. Pero el padre de Frantz, que aprendió a ver en Adrien al amigo de su hijo, más que al soldado enemigo, lo defiende: “Los culpables somos nosotros que enviamos a nuestros hijos a la guerra”, le dice a sus coterráneos.

Cuando Adrien le cuenta la verdad a Anna, ella se indispone con él y este regresa a su país. Pero Anna recapacita y viaja a Francia para reencontrarse con él. Ahí empieza la segunda parte de la película; la de Anna como extranjera en Francia, observando el mismo fervor nacionalista, esta vez del otro lado de la frontera, con cantos de himnos enardecidos, con relatos de historias heroicas y con padres brindando por la muerte de los hijos de los otros padres.

Esta es una película sobre lo absurda que es la guerra y lo terrible que es el destino de los pueblos que se enredan en ella. Yo soy un pacifista (como Adrien y como Frantz), pero puedo entender que hay algunos raros casos de maldad absoluta (como ocurrió en la Segunda Guerra Mundial) en donde se justifica tomar las armas para matar a un tirano. Pero las guerras por ideologías, por religiones o por intereses nacionalistas entre pueblos hermanos (como Francia y Alemania), o entre grupos de un mismo pueblo (como las nuestras), son guerras estúpidas que solo degradan y envilecen a los que se involucran en ellas.

Pero Frantz es mucho más que eso; es una obra de arte sobre el poder sanador del olvido (Anna nunca le cuenta la verdad a los padres de Frantz) y de la ficción (debajo de las flores de la tumba de Frantz no está su cadáver), sobre todo cuando se ha sido víctima de una violencia absurda y de un mundo sin sentido.

También es una película que exalta a la Europa sensible y humanista en contra de la Europa bárbara. En las elecciones para presidente de Francia, hace unas semanas, se enfrentaron esas dos europas y ganó la primera, la que encarnaban Frantz y Adrien. La historia de la hermandad franco-alemana (desde Mitterrand y Kohl) es quizás una de las muestras más palpables de civilización que conocemos. Ojalá prevalezca en medio de tanto asedio.

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