Por: María Antonieta Solórzano

Frente al dolor: trascendencia o venganza

Con cada experiencia acogedora o combativa surge una coreografía particular que nos estimula a aprender, a ir más allá de los límites de la propia vida emocional, mental y espiritual. Esto constituye el sentido mismo de vivir.

Entonces, el bienestar o la desventura que nos suceden tienen una función: aquella de ampliar la visión de lo que somos y de identificar el propio lugar en la construcción del futuro de la humanidad. Ninguno de nosotros carece de misión, nadie es irrelevante.

El hijo que nos convierte en padres o madres descubre en nosotros una vocación por el cuidado que no conocíamos, una nueva relación de pareja nos invita a soñar un futuro diferente, el cónyuge que abandona nos obliga a buscar la autonomía que habíamos olvidado y un fracaso económico despierta nuestra capacidad de lucha.

El encuentro con el otro es tan importante para la evolución de nuestra especie que, al comienzo de la historia de la humanidad, el sencillo ritual de alimentar las crías o de hacer el amor forjó el lenguaje. Con la habilidad de conversar se dio lugar a la posibilidad de la concordia, la reflexión y la toma de decisiones que hoy nos parecen tan naturales.

Más aún, cuando las comunidades primitivas compartieron sus creaciones artísticas o sus estrategias de supervivencia, los humanos fuimos revelándonos como seres culturales transmisores de legados y valores capaces de dotar de sentido la existencia. Cuando el abrazo o la batalla se conversan, no solamente somos mejores seres humanos de manera individual, sino que como grupo creamos un legado de cómo crecer al resolver diferencias.

Hoy, y desde hace varios siglos, la creencia de que los recursos materiales, emocionales o espirituales son escasos enmarca las relaciones humanas, convirtiendo la urgencia de poseer y dominar en el pan diario y haciendo prevalentes antivalores como la ambición, la codicia, la envidia, los celos y la venganza. Esto nos obliga a descubrir cuál es el aprendizaje que nos corresponde y cuál el legado que queremos para nuestros descendientes.

Frente al cónyuge que miente para sentir que domina, al hombre que traiciona a su hermano para acumular riqueza material, el país que declara la guerra al vecino para poseer mas territorio, tenemos que decidir si perpetuamos con la venganza, la ambición y la codicia que preceden el abuso.

O, mejor, trascendemos el duelo por las vidas de los seres queridos desaparecidos, el dolor de sentir la confianza y la autoestima perdidas y legamos a nuestros descendientes un perdón que rompa la dependencia con el agresor, sane las heridas y abra las puertas de un futuro donde los encuentros humanos vuelvan a ser una puerta para el desarrollo espiritual.

 

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