Por: Carolina Botero Cabrera

Frente a las amenazas, el acoso y el miedo: solidaridad

El altavoz que nos ofrece internet para hacer oír nuestra voz, que nos permite informarnos desde fuentes muy diversas y por tanto es instrumento para fortalecer nuestra libertad de expresión, es el mismo que usan quienes amenazan y acosan. Este efecto indeseable parece difícil de combatir, pero tenemos un arma: la solidaridad.

Las redes sociales son una herramienta muy efectiva para lo que se conoce como el public shaming o “lapidación pública”, con demasiada frecuencia sirven para avergonzar y señalar a las personas y, muchas veces ese es tan solo el primer paso antes de que aparezcan otras formas de violencia.

Así, para tantas personas -frecuentemente de poblaciones vulnerables como mujeres, población LGBT, indígenas, etcétera-, el espacio en línea se convierte en un espacio de violencia e inseguridad porque claro, aunque estas acciones son virtuales no por ello son menos reales. Afectan la vida de las personas y, cada vez más, terminan justificando acciones de control de contenidos, de ataques al anonimato y tantas otras medidas restrictivas que muchos creen es la solución.

En esto pensaba mientras leía y lamentaba las amenazas contra Tesillo. Justo en la víspera de que se cumplieran 25 años del trágico e inexplicable asesinato de Andrés Escobar, se repetía la amenaza de muerte contra otro joven jugador.

Las pasiones tan irracionales, muchas veces sobreactuadas, del fútbol, hacen que los y las jugadoras pasen de dioses a demonios en dos segundos. Sus actuaciones son escrutadas y las críticas -tanto como los elogios- son permanentes. En las redes sociales el error de Tesillo se convirtió rápidamente en el meme, en el chiste flojo, en la posibilidad de avergonzarlo, algo que incluso hoy debe estar sucediendo con el equipo chileno. Pero, en una sociedad violenta y enferma como la colombiana, nos obliga a detenernos y pensar, porque rápidamente se va más allá y llega la amenaza de muerte que asusta, porque hace 25 años se materializó.

La importancia social de este juego en el país, el recuerdo de Escobar y lo irracional de pensar siquiera en que se podía repetir, hizo que la Fiscalía anunciara investigación y se manifestaran gestos de solidaridad con Tesillo. De hecho, cuando salí a revisar las redes para escribir esta columna, pasados unos días del partido, lo que encontré es que en mi pantalla se veían más mensajes de solidaridad que amenazas. Frente a la gravedad del tema sentí un pequeño alivio, como el que sentí hace poco, cuando Ray Vanegas falló el penalti del Pasto (en la final con Junior), los vecinos empapelaron su puerta con mensajes de apoyo.

El apoyo es clave, eso fue lo que le contó Mónica Lewinsky a John Oliver en una entrevista hace unos meses. En la entrevista Oliver indagaba sobre las acciones masivas de lapidación, sus efectos y cómo se sobrevivía a ellas. La entrevista es muy buena pero el final es mejor. Oliver le dice que lo que le sucedió a ella fue en la era pre-internet y que eso marcaba una gran diferencia, le pregunta cómo se siente frente a eso. Me sorprendió la respuesta. Lewinsky le dice que quizá con el incremento en los ataques que eso pudiera significar, aún así ella hubiera preferido que sucediera en época de redes sociales. Explica su respuesta diciendo que, cuando le pasó a ella, la posibilidad de que alguien le manifestara solidaridad era imposible. A ella solo le llegaba lo malo, el comentario justiciero. Su reflexión consiste en que el diseño de las redes sociales hace posible que, incluso si son pocos, lleguen los mensajes de solidaridad y para ella eso es clave, pues da valor a la víctima.

Rescatemos la solidaridad. Pensemos en la poderosa imagen de la reunión en la que en medio de su drama Yirley Velasco, lideresa social de El Salado, anunció esta semana que las amenazas de muerte la desplazan de la región, pero que no dejará que le impidan seguir trabajando por sus vecinas. Las mujeres presentes en una sola voz gritan “Yirley no está sola” y, aunque ella necesita más y el Estado le debe más, por un momento ese abrazo es poderoso y reconfortante.

Si esa es nuestra arma, ¡usémosla!, ¡seamos más solidarios! Usemos todos los espacios públicos para reafirmar a quienes son víctimas que no están solas, que acá estamos.

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