Por: Rodolfo Arango

Frente por la paz

Dicen los entendidos que el proceso de paz pende de un hilo. La revista Semana comenta que Santos consultó a su bancada si debe romper, suspender o continuar negociando con las Farc durante elecciones.

 Terminar el proceso no es una opción aceptable. El presidente Santos, por el contrario, tiene una oportunidad de oro para mostrarle al país que está dispuesto a cuidar su legado más perdurable, con independencia de las resultas de la reelección. Para ello tendría que llamar a la conformación de un frente unido que se comprometa a llevar esta política de Estado a buen puerto. No se trata de caguanizar La Habana, sino asumir con responsabilidad el desafío histórico.

La transición española, luego de la muerte de Franco contó con un frente común por la democracia. Sin una voluntad unificada de las fuerzas vivas del país, que crea en la paz y quiera por ello instaurar y mantener un orden constitucional, ninguna cesación de hostilidades será permanente ni estable. En el caso de Colombia, sobrada razón les asiste a quienes acusan a nuestra clase política de narcisa, miope y poco confiable cuando de tomar cruciales decisiones se trata. Corresponde a los competidores en la arena política entender que existen fines como la búsqueda de la paz que no deben ser objeto de estrategia electoral.

Con la sentencia de la Corte Constitucional sobre el marco jurídico para la paz, el camino para transitar responsablemente hacia la reconciliación está señalado. El escollo de la asamblea constituyente exigida por las Farc y rechazada por el Gobierno, también podrá verse superado luego de marzo de 2014, cuando tengamos el nuevo Congreso. Una asamblea constituyente, elegida por voto directo de la población, reflejaría la relación de fuerzas políticas del próximo Senado de la República. Se objeta aquí que una Constituyente se sabe cómo comienza pero no cómo termina. No obstante, por la paz deberíamos estar dispuestos a correr algunos riesgos en el momento indicado.

Un frente unido por la paz notificaría a las Farc sobre la necesidad de un pronto y justo acuerdo. Liberales, Partido de la U, Conservadores, Polo Democrático Alternativo, Alianza-Verde, Mira, Cambio Radical y otros movimientos políticos nacientes podrían concurrir en un pacto nacional por la paz. Éste consistiría básicamente, en caso de cambio en el poder presidencial para el período 2014-2018, en respetar los acuerdos parciales, así como las bases generales de la negociación. También la agenda temática y el marco normativo de leyes y decisiones constitucionales tendrían que hacer parte de la política de estado por la paz.

El frente nacional por la paz tendría que incluir un aspecto neurálgico adicional: la manera de llenar el espacio entre lo acordado y el resultado de su refrendación popular. En caso de que el pueblo decida no aceptar lo pactado entre los representantes de las partes en Cuba, los candidatos a formar gobierno y el actual gobierno tendrían que contemplar una salida razonable y realista al problema. El tratado de Lisboa fue en Europa la respuesta al rechazo popular a la Constitución Europea. La tensión entre el pacto político, representado en una Constitución, y el pacto social, como conjunto de voluntades unidas dispuestas a sujetarse a ella, se disolverá sólo con la terminación exitosa del conflicto. No es aceptable para nadie que temores infundados y campañas de terror terminen por truncar tantos esfuerzos para alcanzar la anhelada concordia.

 

 

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