Por: Arturo Guerrero

Frida-Flora-Furia

¡Cómo somos todavía de mexicanos los colombianos! “Ir a México es ir a México”, decía una publicidad de aerolínea hace medio siglo. Los creativos de la agencia responsable supieron adivinar que para el promedio de la gente viajar al país azteca era ir al cielo de la imaginación y de la infancia.

Claro, Colombia fue masajeada durante el siglo XX por el cine de cantantes bigotudos, las rancheras, las serenatas con mariachis, Cantinflas, Pedro Infante, Vicente Fernández. Más adelante ocurrió la invasión televisiva del Chavo, con sus chilindrinas y jirafales tan parecidos a los vecinos del barrio popular.

Alguien forjó la ocurrencia de que mientras las clases alta y media querían parecerse a Francia y USA, los pobres escogían ser mexicanos. Se tendió entonces sobre estos estratos bajos la presunción de añorar a la sociedad de meros machos, manitos y cuates.

No hace mucho llegaron a este panorama los túneles del Chapo Guzmán y los pistoleros de los carteles de Jalisco y Sinaloa. Aflicción similar a nuestro Pablo Escobar y sus sicarios. Gente de entre casa, generales de la mafia.

Pues bien, está en cartelera desde hace un año una obra de teatro, monólogo musical, que saca a flote al mexicano que irremediablemente somos. Ronda por varias ciudades, pulsa varias cuerdas de nuestra arpa interior.

A la actriz Flora Martínez la obsesionaba desde siempre una figura icónica femenina de México. Frida Kahlo finalmente se le inyectó en las venas y en sus cuerdas vocales de murmullo. Se coloreó de flores, rodó en silla parapléjica, sacó furia con la foto de Diego Rivera, se empujó una botella de tequila. Cantó, cantó, cantó.

La hora y cuarto de espectáculo comienza por donde debía, para ser mexicana: un diálogo con la muerte, con la calavera, la pelona. Frida-Flora se muere de la risa con la muerte. El ADN del público resuena en secreto con el verso vallenato “cuando estoy en la parranda no me acuerdo de la muerte”. ¡Cuánto de mexicanos tenemos los colombianos!

Habiendo pactado con la muerte, es más sencillo ponerles el pecho al dolor y a los huesos todos rotos. Luego de desafiar la nada, es dable tranzar con sus primos hermanos, la sangre y la postración. Resiliencia, se le llama ahora a ese temple de sobrevivir el exterminio de la raza náhuatl o muisca o pijao. Ambos países, Colombia y México tienen piel de burro.

Por eso tienen furia, se carcajean, claman tonadas con caballo, guitarrón y  sombrerote. Pero, ojo, en el escenario aparece únicamente una mujer, Frida, artista, comunista, enamorada, sarcástica, adversaria. Lleva en la espalda a su país insurgente, mira en el espejo arriba de su cama la piltrafa de cuerpo que le queda. Un cuerpo al que no le cabe el alma.

Entre tanto, en las sillas, la gente se muerde los labios y ríe. No son de estrato bajo, donde se supone que abundan los paisanos mexicanizados. No son viejos de mediados del siglo pasado. Son los colombianos de todos los días, igualados por la pelona y la tortilla.

Se ennegrece el tablado y Flora, transportada, no para de agregar canciones de ñapa que son apenas susurro, mimo para el inconsciente de este país colombo-mexicano.

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