Por: Armando Montenegro

Fritos

“Si seguimos sin crecer, estamos fritos”, sentenció el exministro Rudolf Hommes en su reciente entrevista a Portafolio. Se lamentó, además, de que reina cierta resignación ante la evidencia de que tenemos y seguiremos teniendo crecimientos bajos, como el que se espera para este año.

Con su característica agudeza, Hommes anotó que la economía no ha comenzado su necesaria reestructuración para eliminar su excesiva dependencia del petróleo y los minerales. Se quejó del escaso aumento de la productividad, la falta de innovación, el desenfoque de la educación y la limitada competencia internacional. Al respecto, insistió en que buena parte de la economía continúa siendo excesivamente cerrada y protegida.

También expresó su preocupación acerca de por qué las exportaciones industriales y agrícolas, a pesar de la devaluación, no han despegado. No pocos observadores han señalado, al respecto, que la reciente apreciación del peso es un obstáculo serio para las exportaciones no tradicionales. Y añaden que detrás de ese fenómeno está el elevado déficit fiscal, cuya financiación induce la entrada de capitales del exterior que impide que se obtengan tasas de cambio favorables para las ventas externas.

En forma simultánea, el exministro Carlos Caballero, en su leída columna de El Tiempo, entró al debate desde el ángulo de ciertos riesgos económicos relacionados con el posconflicto. Advirtió que para evitarlos se debía buscar que el desarrollo de los acuerdos de La Habana no desanimara el crecimiento económico. Sugirió que, si no se tomaban las debidas precauciones, el llamado “dividendo de paz”, el impulso que recibiría el crecimiento económico a raíz de los acuerdos con las Farc, podría ser negativo (vale la pena recordar que el Gobierno y algunos analistas plantearon, mientras se negociaba con las Farc, que la paz haría que el crecimiento del PIB fuera más elevado, por lo menos en un 1 % por año, según los cálculos más cautos, y hasta el 4 % anual adicional en las versiones más apasionadas y entusiastas).

Según las advertencias de algunos observadores, en ciertos escenarios pesimistas, algunos hechos, eminentemente evitables, relacionados con el desarrollo de los acuerdos, podrían frenar el crecimiento económico a través de dos caminos: (i) la inseguridad jurídica que reinaría si se expiden las versiones más agresivas de las normas fast-track en materia de tierras, un hecho que podría desincentivar la inversión en el campo y retardar indefinidamente la necesaria modernización de la agricultura; y (ii) el incremento de la violencia desatado por los grupos que están copando las extensas zonas que eran dominadas por las Farc y que ahora compiten por el enorme y creciente mercado de la coca.

Al tiempo que se conocían y debatían estos conceptos, el Dane divulgó el viernes pasado los datos de crecimiento del primer trimestre que revelan una expansión del PIB de apenas el 1,1 % (frente al mismo periodo del año anterior), una mediocre cifra, en línea con los pronósticos de la mayoría de los especialistas. De acuerdo con estos números y las señales económicas recientes, la economía podría acercarse a un crecimiento no muy lejano al 2 % este año, un resultado que, dadas las circunstancias, algunos podrían considerar satisfactorio. Sin embargo , este es el tipo de cifras que le hacen pensar a Hommes que estamos fritos.

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