Por: Eduardo Barajas Sandoval

Fronteras que pueden unir

A través del encuentro personal, e informal, entre sus dos líderes, China e India avanzan hacia una convivencia que se debe convertir en garantía de paz en el corazón del continente asiático. Después de décadas de consideraciones y apuestas de todo tipo sobre el destino de cada una, y en particular respecto del puesto de cada quién en la carrera por el desarrollo, los líderes de las dos grandes potencias del Asia continental, Xi Jinping y Narendra Modi resolvieron encontrarse de vez en cuando para poner en práctica una comunicación estratégica que les permitiera hallar puntos de acuerdo respecto de temas de interés común.

En una fotografía tomada metros abajo de la monumental piedra redonda de Krishna, en Mamallapuram, que desafiando la ley de la gravedad se mantiene quieta de manera inexplicable a pesar del desnivel en el que se halla desde hace mil doscientos años, Xi y Modi aparecen levantando el uno la mano del otro, como símbolo de un entendimiento que representa la solidez de una relación que se convierte en aporte fundamental a la paz de Asia y del mundo.

Ninguna circunstancia de valor más simbólico que la de tomarse de la mano bajo la sombra de esa mole inverosímil de granito, que en cualquier momento podría rodar y aplastar a cualquiera bajo el peso de sus 250 toneladas, para volver a editar un encuentro de vecinos que, a pesar de su índole muy diferente, comparten una frontera que les obliga a estar de acuerdo en unas cuántas cosas. Razón por la cual delegados de los dos países se han reunido diecisiete veces en los últimos cinco años, para tratar temas de interés común.

Es inocultable que China e India han tenido, por mucho tiempo, señalados conflictos de interés en diferentes materias, que en algún momento les llevaron a las armas, por fortuna de manera breve. Cada una dueña, por milenios, de su propia interpretación del mundo. Cada una extensa y poblada, autosuficiente en explicaciones de sus rasgos esenciales, y con posiciones diferentes respecto de los aspectos más variados en cuanto a la economía y la sociedad, lo mismo que en cuanto a su comportamiento frente a los epicentros contemporáneos del poder mundial.

China vio por mucho tiempo a la India como una prolongación del esquema colonial de Occidente, y como remedo de reproducción de formas de acción política y económica subalternas propias de la continuidad de una carencia de autonomía verdadera. India, a su vez, vio a China como tradicionalmente aislada, ahora en su versión republicana hasta antes de Deng, y comprometida en la aventura de superar los retos del bienestar de una población enorme, sobre los principios de un sistema inoperante para tales efectos. Hasta que la una y la otra descubrieron, cada una por su lado, una fórmula de pragmatismo que les ha llevado a la condición de potencias significativas en el mundo de hoy.

La forma de entender la diplomacia, por ambas partes, mediante los encuentros amigables de líderes, suena ejemplar e idónea para volver a tomar asuntos sin solución, como el que se deriva de las indefiniciones del reparto, de hecho, de una parte de Cachemira, y en general de la obligación de manejar los asuntos de una frontera de 4057 kilómetros, que separa, pero también une a dos países que alojan entre ambos cerca de tres mil millones de personas y que, en la versión política contemporánea de su viejísima historia, están todavía lejos de cumplir siquiera un siglo de vida.

El interés renovado por la “Línea de Control Efectivo”, que refleja las posiciones militares obtenidas por cada quién desde la década de los sesenta del Siglo pasado, cuando ambas naciones, para entonces adolescentes bajo su nuevo modelo de Estado, se enfrentaron en las cimas del Himalaya, demuestra que las fronteras generan obligaciones de convivencia, por encima de diferencias políticas. Y que, si se trata de fronteras candentes, mayor deberá ser la prudencia, para evitar que las diferencias den lugar a la enemistad. Además de que las fronteras pueden unir tanto como separar.

Claro que, para que funcione el modelo de diplomacia adoptado, se requiere un alto grado de representatividad, llámese legitimidad, muy presente en este caso, porque el Presidente Xi ha asegurado su condición de líder de la República Popular China en la perspectiva de unos cuántos años, hacia el futuro, y por su parte el primer Ministro Modi viene de asegurar un mandato sólidamente apoyado en su popularidad y su respaldo en el Parlamento.

Es la diplomacia por excelencia. Personal, sencilla y directa. Antigua y llena de futuro. Elemental en apariencia, pero profunda, seria y eficiente. Que rompe barreras protocolarias o burocráticas, y pone en contacto directo a las personas precisas, en este caso los máximos responsables de la orientación de dos naciones gigantescas, para tratar los temas que sí son verdaderamente de interés común, sobre la base de una comunicación abierta y franca. Todo a través de un diálogo en el que nadie trata de cambiar el curso del proceso político del otro, pero sí tramita abiertamente sus puntos de vista sobre aquello que puede ser objeto de interés común, o motivo de discordia.

Nota. En julio de 2018, esta columna, bajo el título “Un nuevo Cuerno de África”, resaltó la tarea desarrollada por quien acaba de recibir el Premio Nobel de Paz.

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