Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Fruto Maduro?

...Y Maduro logró sacar adelante su Constituyente. Será usada como un mazo contra los poderes ocupados por la oposición, como el Congreso, o simplemente por chavistas dubitativos, como la Fiscalía. No hay contradictor tolerable. Los constituyentes cantan loas a la paz, mientras los alcaldes elegidos popularmente van a la cárcel.

¿Y ahora? Podría haber varios desenlaces, claro. Hay quienes creen que el régimen es un fruto maduro y que basta con extender la mano a la espera de su caída. Mi impresión más bien es que seguirá un período relativamente largo de dolor y crispación, por al menos tres razones. La primera es simplemente que el régimen tiene todavía una base social gigantesca. Sobre el punto no hay lugar a equivocación. ¿Cuántos votos pudo haberse robado? La empresa que hizo la famosa denuncia, Smartmatic, habla de un millón. Dupliquen esa cifra. Triplíquenla. Conclusión: con todo y fraude, las elecciones para la Constituyente revelaron que no menos de cinco millones de chavistas estaban dispuestos a salir a las urnas. Esto podría significar entre el 40 % y el 50 % de los venezolanos que votan. La experiencia política de muchos de ellos está marcada con fuego por el socialismo del siglo 21; y miles están armados. Esta realidad de bulto no va a desaparecer con algún pase mágico. Segundo, la suerte de buena parte del establecimiento venezolano está ya inextricablemente ligada a la de Maduro. Esto incluye no solamente a militares y policías, sino al boyante empresariado bolivariano. El tonto terminacho “castrochavista” esconde las enormes diferencias que hay entre los regímenes cubano y venezolano, una de las cuales es precisamente que éste último sigue apoyándose en una economía en la que los principales medios de producción están en manos privadas. Que a la asignación de beneficios, oportunidades y créditos para esa economía se acceda de manera prominente por medio de favores y contactos no es ni particularmente revolucionario ni específicamente venezolano (aunque la forma que adquiera ese patrimonialismo sí sea, ciertamente, específica).

Tercero, el margen de todos los actores está limitado por una miríada de circunstancias. Maduro y los suyos no podrán solucionar los problemas objetivos de su modelo económico; tampoco podrán acallar completamente a sus críticos (las simples restricciones internacionales lo impiden). La oposición está tremendamente dividida y no tiene claro cómo podría, incluso si ganara, gobernar un país en el que la mitad, o las dos quintas partes de los ciudadanos son chavistas vehementes.

Claro: es posible que mañana caiga Maduro y entonces yo quedaré en el ridículo. La realidad se da sus mañas para burlarse de uno implacablemente. Pero si tengo razón —Venezuela está abocada a un período de turbulencias y agonías, sin desenlace claro—, toda esta historia tiene una moraleja que me devuelve de manera directa a Colombia: elegir a figuras autoritarias que tratan de perpetuarse en el poder es el peor negocio que puede hacer un país. Con toda su aura y carisma, terminan teniendo un efecto terriblemente destructivo. Pues precisamente en ese sentido, en el de encarnar un proyecto personalista de vocación autoritaria, hay en Colombia un solo “castrochavista” genuino, con la ambición y los medios: Álvaro Uribe. Y su reelección —que eso sería ungir con la Presidencia a una de sus comparsas— significaría meter a Colombia en un agujero en el que podría quedar enterrada por décadas.

Afortunadamente, el país parecería estar dándose cuenta de esto. Ya en la última encuesta de Datexco la imagen negativa de Uribe supera a la positiva...

Escribo estas líneas y me entero de la salida del alto comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo. Ha desarrollado una labor extraordinaria, de dimensiones históricas, y las apuestas cruciales que se aglomeran alrededor de este disputadísimo 2018 que se nos viene encima estarán relacionadas con la paz, ese patrimonio extraordinario del cual él fue principalísimo artífice.

 

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