Por: Alvaro Forero Tascón

¿Fue primero la corrupción o la politiquería?

EN UN RECIENTE DEBATE DE HORA 20 se discutió sobre las causas de la corrupción desaforada que sufre el país.

Mientras unos analistas opinaban que era un problema esencialmente cultural, de falta de rechazo a la ilegalidad, otros sostenían que el origen era la corrupción política que envenenaba la cultura social. Fue una discusión interesante sobre un tema que los colombianos tocamos todos los días, pero sobre el cual hay muy poca claridad.

Es sorprendente que en un país desangrado por la corrupción y la politiquería no tengamos claro qué las causa. Que al principal problema nacional, que está en el vértice del narcotráfico, de la violencia, de la impunidad, del atraso, se le dediquen tan pocos esfuerzos calificados para entender qué lo produce y qué remedios pueden aplicársele. Que meses después de un fenómeno electoral que estuvo a punto de voltear la mesa de la política como reacción a la corrupción y la politiquería, y en medio de una catarata de revelaciones sobre violaciones de la ley en un gobierno anterior, se continúe sin averiguar por qué se está agravando, por qué parece no tener límite.

Hoy en Colombia no hay claridad sobre las bacrim, su naturaleza y su origen, ni sobre los Nule, cómo y con el concurso de quién crecieron exponencialmente, ni sobre las desmovilizaciones ficticias, cuántos era combatientes y cuántos no, ni sobre las cifras de inseguridad en las ciudades, si realmente están subiendo o si se trata de “percepción”, ni sobre la responsabilidad política por la parapolítica o las chuzadas, ni sobre la participación del Estado y los particulares en la tragedia paramilitar. No se tiene claridad sobre si las políticas contra el narcotráfico funcionan o no, si las Farc están cerca del fin o sobrevivirán lustros, si un gobierno participó en acciones ilegales para conseguir la reelección, sobre casi nada de esa gigantesca sombra de la ilegalidad en Colombia. Y no me refiero a claridad penal, sino cultural y política, a las conclusiones elementales a las que una sociedad civilizada debe llegar para combatir sus lacras.

Si se estudia el problema diferenciando las partes que lo componen, preguntando qué fue primero, el huevo o la gallina, la cultura de la ilegalidad o la ilegalidad, no se va a llegar a un diagnóstico efectivo. La ilegalidad colombiana puede definirse como un problema emergente, un concepto filosófico que considera que un sistema no es reducible a las partes que lo constituyen, porque la interacción entre éstas produce un sistema autónomo, que a su vez retroalimenta y modifica los factores que lo crearon. Es decir, los factores de corrupción y politiquería que engendraron la ilegalidad colombiana son influidos a su vez por ésta, y por eso mutan y se adaptan a nuevas circunstancias. La ilegalidad colombiana, esa que nos ha hecho potencia mundial en narcotráfico, secuestro, desplazamiento, parapolítica, es producto de una maraña de causas y efectos que precisamente por su complejidad requieren un estudio integral.

El Estado no va a hacerlo porque es tan víctima como culpable. En el drama de la ilegalidad crónica de Colombia hay una causa fundamental, tan vieja como ignorada por casi todos excepto Daniel Pécaut: la inducida debilidad del Estado.

 

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