Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Fuego amigo

Quienes creen que han alcanzado su lugar en el mundo “sin la ayuda de nadie” se debaten entre el adanismo y la desconexión con su entorno: el cantante famoso que menosprecia al juglar, la mujer que se burla del feminismo o el afrodescendiente que, de un modo u otro, saca provecho del prejuicio contra su raza. Entre las formas infinitas de la ingratitud, la ignorancia elegida es una de las más condenables.

En Medellín, un joven afrodescendiente protagonizó un video en el cual un grupo de personas intenta lincharlo, tras acusarlo de robo. El audio, tan confuso como la imagen, suscitó la usual indignación en redes sociales. El personaje, bachiller, con trabajo, buscó líderes que han defendido los derechos afro (léase derechos humanos), y les aseguró que lo señalaron “por ser negro”. La administración municipal se manifestó contra el racismo y le ofreció protección.

Tan pronto el país conoció el caso, circuló un nuevo video en el cual el protagonista de esta historia es atrapado cuando intentaba salir de una tienda sin pagar un producto. (La presunta infracción a la ley es investigada por las autoridades).

Dejemos de lado lo obvio: no hubo verificación previa de la cadena de sucesos, el primer video, callejero, evidencia el ejercicio de justicia por mano propia; el episodio (al margen de si hubo o no un hurto) está impregnado de discriminación racial, desde lo que permiten apreciar las imágenes hasta parte del cubrimiento periodístico que en menos de un día invirtió el “ay, qué lástima lo que le pasó por ser negro” por “¡es que así son los negros!”.

Concentrémonos en el protagonista: un afrodescendiente que se vale del prejuicio en contra de su raza como escudo ante la sanción social y legal. En el momento en que este hombre, quien desconocía la existencia del video de la tienda, urdió una trama en torno a la discriminación (que existió, reitero, pero no es el único foco), pateó la historia que lo precede, las luchas para que el sistema educativo y laboral, la sociedad y la legislación incluyan con equidad a la comunidad afro. Las condiciones de precariedad de ese individuo no justifican la “viveza” de su argumento inicial de defensa. (Después, ya pillado, ofreció excusas).

Esta situación evoca a las mujeres que en escenarios públicos se ufanan de su “incorrección política” con frases como “no soy feminista, soy femenina” (¡¿?¡). Sin los siglos de reivindicaciones y logros feministas —sí, siglos: el feminismo existe desde mucho antes de tener un nombre—, estas “irreverentes” estarían haciendo sus puestas en escena frente a un espejo de pared o de agua en la poceta, encerradas, sin estudiar ni trabajar afuera de la casa, sin la posibilidad de elegir su destino, con una fila de muchachitos revoloteándoles encima. (Escribo estas palabras mientras una “fila” me revolotea, fruto de mis decisiones).

Como las celebridades que desprecian a los juglares, a quienes ignoran el pasado que los erige, en algún momento, la vida se las va a cantar.

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2019-03-22T15:24:00-05:00

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2019-03-22T15:45:58-05:00

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