Por: Lorenzo Madrigal

Fuera de lugar

En los días de fútbol me siento fuera de lugar. Offside se decía antiguamente, antes de que el castellano entrara a ocupar su sitio en el deporte, pero lo perdiera del todo en los entresijos de la red informática, que es totalmente gringa.

Fuera de lugar, como el día en que caminando solitario por la Gran Vía madrileña tropecé con una marea humana que venía en sentido contrario. No entendía aquello, los bares estaban vacíos, todo el mundo gritaba: “¡Aletic, Aletic!”. Un auto pasó pintado con colores de camiseta deportiva, pero vaya pintura al fuego y a la laca. Eran los hinchas del Atlético de Bilbao, que algo habría ganado. Hinchas no violentos, por cierto, pero arrasadores de cuanto encontraran a su paso. Me uní a la multitud y aprendí a tragarme la te del Atletic. Debía vivir un año más en España.

Estar fuera de lugar es algo que a los humanos en sociedad nos ocurre de vez en cuando. En mis quince, sometido a jugar fútbol, me defendí como pude del agresivo disparo de un guapetón, pero no me pitaron offside (en realidad, era defensa) y fui, en cambio, aplaudido. Entendí, azorado, que había hecho un pase genial en el afán de blindar mi humanidad.

Fuera de lugar cuando he votado precisamente y casi siempre por el candidato perdedor o me he tenido que abstener, sobre todo en alcaldías. Fuera de lugar cuando uso corbata los sábados en la capital de la República, donde esto es un pecado, toda vez que la ciudad se dispara al jolgorio desde las primeras luces del viernes.

Me quedé viendo el partido con Chile, solo y fuera de lugar, pues mis acompañantes se habían marchado cuando la derrota nacional era un hecho consumado. Allí sentí algo de las emociones del fútbol y reconozco que remontar el marcador fue hazaña parecida al cinco-cero de hace años, que por cierto bociné desde mi auto, cuando pocos andaban en la calle, cosidos sus conductores al televisor de sus casas.

Viendo cómo se maltratan los jugadores y cómo se desenfrenan las pasiones por el tema de una bola, pienso que todo en el mundo es redondo, los astros, el globo terráqueo, lo científico y aun lo que nos emociona tiene curvas perfectas: el átomo, bueno, las moléculas se ovalan para reproducirse, pero el ser humano está inmerso en los 360 grados sin remedio.

El juego de la pelota es algo elemental y primario en hombres, gatos y perros, que entienden de la bola como pocos: la traen, la ladran, casi gritan ¡Aletic! y piden que uno se las dispare desde el empeine, hasta dejar el “esférico” en el ramaje de un árbol, y esto en el corto espacio de mi patio.

Esta tierra redonda, si se la recorre sin retornos, nos acoge en el punto de partida, y asimismo la historia, que vuelve sobre sí misma. En nuestro mundo, no más, las reelecciones impuestas se repiten y los procesos de paz se convierten en círculos viciosos.

 

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