Por: Lorenzo Madrigal

Fuera de toda proporción

La corrupción se desbocó y no se diga que sobrepasó las acaso justas proporciones, como dicen que dijo el expresidente Turbay, en memorable frase, digna de Sancho en Barataria.

La Corte era el desiderátum, para allá mirábamos cuando las cosas se ponían feas. Era el báculo del país en decadencia. Sin juzgar aún, lo que asoma por las investigaciones de la Fiscalía de Néstor Humberto Martínez es de espanto. Una grave consecuencia que puede derivarse de ello es la acreditación ante la opinión del engendro de justicia especial y transicional, llamada JEP, ideada como casi toda la nueva juridicidad colombiana, en La Habana de los hermanos Castro.

Y como el país está en desorden, tan alta desmoralización desencadena todo tipo de linchamientos físicos y morales. A mí me escoció tremendamente lo que le sucedió a la exministra Gina Parody en Nueva York. Ni está condenada ni juzgada, ni obligada a presentarse a indagatoria. ¿Cómo así que un ciudadano del común, sin funciones judiciales, puede atropellarla y perseguirla con un adminículo fototelefónico e increparla por hallarse fuera del país? Las cosas dan para que cualquiera se sienta autorizado a hacer justicia por propia mano, mediante una más que irregular acción pública. A eso hemos llegado.

Es con ese criterio de revancha como parece que se adelantarán las elecciones presidenciales, a juzgar por algunas encuestas, distintas de las del Centro de Consultoría, cuyos sondeos son siempre confiables para quienes están en el poder. Pero se empieza a ver el resultado de la crisis institucional, de la corrupción en todos los frentes oficiales y, como si fuera poco, de la debacle de los partidos políticos, si han de llamarse partidos la serie de facciones con título registrado que han proliferado en los últimos años. En el trasfondo de todo está la sombra de las viejas colectividades, Liberal y Conservadora, y aun el espectro de la extrema izquierda socialista o francamente comunista.

Son encuestas que por lo demás juegan a ser creíbles tras su fracaso en las previsiones para el plebiscito del pasado octubre —a un año estamos de aquello— cuando se aseguraba una victoria oficial, que si finalmente se dio no fue por las urnas, sino por lo que, sin eufemismos, ya se conoce como un robo electoral del Gobierno. No se diga más.

Descartados los más altos tribunales, ahora ¿quién podrá defendernos? La nueva Corte que se anuncia será la de los Acuerdos de Paz, en trance de implementarse y que vendrá tocada de impunidades —hay que entender que para ello está concebida—, no sin revanchas de guerra, bajo la directriz de magistrados externos, porque los de aquí colapsaron y que fallarán según la nueva memoria histórica, que ahora mismo construyen intelectuales de izquierda.

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