Por: Gonzalo Hernández

Fuerzas Armadas en tareas civiles

Algunos candidatos presidenciales, por acción u omisión, están facilitando que se haga eco de las recientes campañas mediáticas de las Fuerzas Armadas para resaltar sus capacidades y logros en áreas que pueden asociarse con la construcción de paz —ingeniería militar aplicada a la construcción de vías terciarias o atención prehospitalaria como parte de su línea de sanidad—.

Infortunadamente, las razones de ese apoyo, a veces implícito, parecen responder más a la típica conveniencia de los políticos de evitar debates políticamente incómodos que a una discusión seria sobre los recursos financieros que deberían ser asignados a las Fuerzas Armadas en tiempos de paz. Si se prefiere, hablemos mejor de tiempos en los que la guerra no tiene la intensidad de los años previos a las negociaciones entre el Gobierno y las Farc. Creo que todos podemos estar de acuerdo con eso.

No tiene sentido que el tema de los niveles óptimos de presupuesto para Defensa y Policía del próximo año sea tratado como un tabú o, peor, que ante los cuestionamientos sobre posibles excesos en los rubros de ese sector —en comparación con el presupuesto asignado para educación, ciencia y tecnología— se recurra al recurso retórico, bastante pobre, de trivializar y tergiversar las posiciones contrarias, responsabilizando a los críticos de ir en contra de la moral de la fuerza pública o de desconocer el trabajo de estas instituciones.

Es innegable que la seguridad es un bien para la ciudadanía y es innegable que la fuerza pública es un instrumento para la provisión de ese bien. Difícilmente alguien recomendaría que el presupuesto para el sector sea de cero pesos; es decir, el desmantelamiento de las Fuerzas Armadas.

Sin embargo, exagerar y presentar a las Fuerzas Armadas como las fuerzas de construcción de paz, para influir en las decisiones sobre el presupuesto público o, en el caso de los políticos, para no tener que explicar cómo es eso de prometer todo —educación, salud, seguridad, infraestructura— sin sacrificar nada en un mundo de escasez, es sin duda llevar el argumento a otro extremo.

Ese extremo desconoce que la construcción de vías terciarias o la atención de salud que los soldados de Colombia han brindado fue una consecuencia indeseable de la guerra, de la falta de institucionalidad, y de la falta de un Estado que cumple integralmente sus funciones. Les tocó llenar los vacíos dejados por otras instituciones. No significa, sin embargo, que sean los más apropiados o eficientes para cumplir estas tareas. Y si aún lo son, no deberían serlo en el mediano y largo plazo.

Justificar que se sostenga el presupuesto para Defensa y Policía para desarrollar las tareas de orden civil que prestan hoy las Fuerzas Armadas es un sofisma. Va en contra de los que los economistas llamamos “especialización de acuerdo con las ventajas comparativas”. Para construir la paz, el Estado debe reorganizarse para poder emplear las fuerzas productivas desempleadas del país y para que estas fuerzas sean asignadas a los sectores productivos de acuerdo con sus habilidades, saber, experiencia y productividad. En lenguaje menos técnico: zapatero a tus zapatos.  

* Profesor asociado de Economía y director de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana.

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