Por: Alberto López de Mesa

Fuga fatua

El cuento policíaco es el género literario que mejor nos brinda el asombro de lo enigmático. Aún recuerdo “La Carta Robada” de Edgar Alan Poe, “Estudio en Escarlata” de Arthur Conan Doyle, “Asesinato en el expreso de oriente” de Agatha Christie, “La Dalia negra” de James Ellroy; obras memorables por el modo de intrigarnos, por la inteligente construcción de enigmas y porque ironizan de la condición humana y los raciocinios obtusos de la justicia.

En Colombia, con tradición en la usurpación de tierras, con 50 años de conflicto armado, con guerrillas, narcotráfico y dónde la corrupción  es folclor, los delitos, los crímenes son pan de cada día y la impunidad se impone como estigmas en las manos de la justicia.

Aquí, los héroes del arte de descifrar delitos: Arthur Dupin, Hércules Poirot, Sherlock Holmes, evitarían prestarnos su lógica y su talento deductivo porque la realidad criminal colombiana exige mas la ética de la denuncia que la de la literatura.

Pero en esta ocasión, huelga de pudores éticos, haré de corazón tripas y jugaré al detective literario, en el caso “La fuga de Aída Merlano”. Sin ánimo de juicio, sino por el mero placer de recrear la teatralidad del personaje y su fabulesco entorno.

La intriga del cuento empieza a tejerse, en el clan de los Gerlein, familia abanderada del Partido Conservador, en Barranquilla, para quienes la política ha sido el negocio familiar, imagínense el talante, si Roberto Gerlein, el cacique del grupo, fue senador de la República desde 1974 hasta 2018, la bobadita de 44 años, un récord parlamentario.

Las prácticas politiqueras de la familia Gerlein no escatiman mañas para mantenerse en el poder y posicionar sus fichas en cargos decisorios: manipulan elecciones, compran y trastean votos, presionan con amenazas a los electores, se valen del clientelismo, cultivan prosélitos, sobornan registradores, en fin, se valen de cuánta maña sucia, para ganar elecciones y aún así figurar en la ciudad como Patricios de la política y el poder.

Hace 25 años, Domingo Merlano, empleado todero, que servía al Clan igual como chofer, mensajero, acompañante o ayudante en lo que se requiriera, llegó a la casa Gerlein con su hija Aída de quince años, una muchacha especialmente hermosa y vivaz que cautivó al popular Julio Gerlein, empresario y político barranquillero, que pese a ser felizmente casado y bastante mayor que Aída Merlano, desde ese día quedó prendado de ella y se hizo su mentor y apoderado.

Aprovechando el efectivo acompañamiento, desde temprana edad Aída se hizo líder de su comunidad, estudió para abogada en la Universidad Libre y estuvo presente en todas las campañas electorales en Barranquilla, asumiendo con osadía la politiquería y las mañas electoreras practicadas por la casa Gerlein.

Su ambición, su arrojo y sus encantos le permitieron un ascenso social vertiginoso y Julio Gerlein la abrió el camino político como representante del Clan, así fue diputada del departamento y luego, en 2014, senadora de la república con 67.000 votos. A decir verdad, Aída nunca tuvo reparos en las prácticas politiqueras corruptas y sucias, creció con ellas y las asumió como norma para el triunfo. En realidad,  para la familia Merlano, particularmente para Roberto, la intrépida Aída era una plebeya de la que se encacorró Julio, la aceptaban porque era su moza más no como una del Clan.

En las pasadas elecciones, usó como sede política una casa que le prestó Julio, la Casa Blanca le llamaban y fue el fortín de su campaña, por cierto, esta vez se le vio en alianza con el otro Clan poderoso de Barranquilla, los Chard. Roberto Gerlein, ya octogenario, notoriamente decrépito, había renunciado definitivamente a su curul vitalicia en el senado, pero siempre pendiente de su tienda política, vivía indignado por la presencia en su casa política de la muchachita del barrio Buenos Aires y peor de sus alianzas sin consultarlo.

La policía nunca había sido acuciosa sobre las malas prácticas electoreras de los Gerlein, más bien siempre fue complaciente, pero esta vez, el día después de elecciones, cuando ya se sabía que Aída Merlano había ganado por segunda vez su cupo en el congreso, allanaron la Casa Blanca, montones de votos, recibos de pago, 620 millones de pesos en efectivo y de procedencia injustificada en las cuentas de la campaña, armas sin salvoconducto, toda suerte de pruebas de una magna corrupción electoral.

He aquí una importante puntada de la intriga: ¿Es Aída tan ingenua y desaforada que no tomaba precauciones en la politiquería indebida?¿Usar la Casa Blanca como depósito de todos los documentos ilícitos fue una torpeza o una trampa que le tendieron para orientar las culpas hacia Aída y mantener limpios a los capos tradicionales del Clan Gerlein?

Total Aída fue capturada con las manos en la masa y condenada a 17 años, según su abogado, el mejor camino para buscar una reducción de la pena era que Aída Merlano diera información sobre los otros y más importantes implicados en la corruptela electorera; casualmente, a la semana de haber sido condenada y cuando la fiscalía espera que prenda el ventilador, la reclusa Aída cumple una fuga fatua, extrañamente eficaz; lo digo porque todos los momentos del escape quedan registrados en cámaras de seguridad, en los vídeos se ven los que participan en la etapa última de la fuga.

He aquí la otra clave de la intriga: ¿Aída huye de la justicia o de una amenaza peor que la condena?¿Decide vivir oculta para siempre alejada de hijos y parientes? ¿Su fuga es producto del desquicio que le ocasionó su abrupta incursión en el mundo del poder político?¿O acaso está huyendo de la muerte y protegiendo la vida de sus hijos?

La gracia de los cuentos policíacos es que en lo evidente casi nunca está la solución del enigma, ni los más claros sospechosos casi nunca son los verdaderos culpables, pero como ya he dicho, en Colombia la impunidad es tan rampante que el descaro de los implicados es tan ramplón que rompe los cánones de la buenas intrigas.

El final del cuento que me proponen mis corazonadas es que Aída Merlano está en riesgo de morir asesinada.

885328

2019-10-10T12:55:52-05:00

column

2019-10-10T12:55:52-05:00

mrivera_90

none

Fuga fatua

10

6418

6428

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alberto López de Mesa

El paro del siglo

Gana Colombia Humana

Metro

Ángela despejó el camino

Educar al Esmad