Por: Héctor Abad Faciolince

Fui Eva y fui Adán

A VECES, CUANDO EL AMBIENTE POLÍtico se vuelve un pantanero incomprensible y sórdido, conviene divagar sobre el sexo de los ángeles. O de los hombres. O de las mujeres. O de los que uno no sabe si son hombres o mujeres.

A raíz de las dudas sobre el verdadero sexo de la atleta surafricana Caster Semenya, recordé esa perturbadora estatua griega que está en la Villa Borghese de Roma (donde el colchón increíble, de mármol mullido, es de Bernini), El hermafrodita dormido. Y recordé también ese poema de Barba Jacob, que dice: “Y, moviendo a las normas guerra, / fui Eva… y fui Adán”. El gran poeta de Santa Rosa se sentía hombre y mujer.

Saber si una persona es hombre o mujer no es tan fácil como quitarle los calzones y ver si tiene eso que los romanos llamaban los testis, los testigos, los testículos. Tampoco el cromosoma Y lo dice todo; hay casos fronterizos en los que decidir si alguien es hombre o mujer, es un asunto de gusto, una opinión, no una certeza de columnista científico. El Gran Arquitecto, el Creador de los Creacionistas, el mi Dios Bendito de los creyentes, juega a los dados de la siguiente forma: de cada 4.500 bebés que nacen, uno tiene genitales ambiguos (vagina y pene al mismo tiempo, por ejemplo). Y el porcentaje es mayor entre los que nacen, digámoslo así, con un cerebro de hombre y genitales de mujer, o viceversa, con genitales masculinos y el íntimo convencimiento de ser mujeres.

Al parecer todos somos mujeres hasta la sexta semana de gestación. El default en el género humano es hembra. Luego vienen genes, pedazos de genes y ambientes hormonales que favorecen la masculinización o la feminización completa. Si quieren conocer esto en detalle, con una exposición clara y precisa, les recomiendo que lean el capítulo correspondiente del libro Homo Sapiens de Antonio Vélez. Si algo varía o falla en el ambiente uterino, o si por algún motivo el proceso de masculinización o de feminización se queda a medias, aparecen todas las rarezas, o todos los tonos de grises de una realidad que no siempre viene en blanco y negro.

Estas cosas no tienen nada que ver con la cultura en que crecemos, ni con la educación de los padres, ni con haber padecido curas pedófilos en el colegio. El desprecio por los transexuales, bisexuales, ambiguos, hermafroditas, ese sí es un rasgo cultural bien extraño. Supuestamente amamos y respetamos tanto a los hombres como a las mujeres, pero culturalmente consideramos denigrante y vergonzoso que una mujer tenga comportamientos de macho, o un hombre actitudes femeninas. Y esto muchas veces depende de que alguien tenga más o menos receptores para la testosterona, o de que tenga, invisibles, un par de testículos subdesarrollados al lado de los ovarios.

Si conociéramos mejor tanto la naturaleza humana, como la animal, seríamos mucho más tolerantes con las diferencias que existen. Hay especies de peces, por ejemplo, que pueden cambiar de sexo a voluntad, y cuando hay una exagerada oferta de machos, algunos de los machos se vuelven hembras, para aprovechar, y al revés cuando la proporción se desvía para el otro lado. Hay insectos que son tan absolutamente bisexuales que con toda comodidad se fecundan a sí mismos con una breve paja.

En el campo deportivo algunos proponen que, como el XY no es lo definitivo para saber si alguien es hombre o mujer (pues hay mujeres con dotación XY que se sienten y son plenamente mujeres), se deje esto a lo que cada cual sienta o declare que es. El problema sería que como los varones, en promedio, tienen más masa muscular que las mujeres, machos que se hacen pasar por mujeres podrían acabar ganando todas las competencias. De hecho a nadie se le ha ocurrido hacer tests sexuales en las competencias masculinas a ver si por casualidad hay alguna mujer colada ahí. Pero también podría decirse que un hombre que se sienta muy orgulloso de ganar (digamos en lucha libre) contra una mujer, realmente no es un macho sino una niña. Con lo cual estaría compitiendo en la categoría adecuada.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Héctor Abad Faciolince

Lo grotesco contra lo falso

La catástrofe del tiempo

Una pirámide en el Cauca

Hidroituango y el Bredunco

Yo no soy un hombre, soy un pueblo