Por: Don Popo

Fui a la marcha del 1º de mayo

Fui a la marcha del 1º de mayo con mi hija chiquita. Me temblaban las piernas por la experiencia de los años anteriores: disturbios, piedras, gases, policías, caballos, Esmad, correteadas, golpizas, heridos, sangre, muertos; frustración, rabia, rencor. Me carcomían las ansias al pensarme imprudente e irresponsable… Pero sentía que éste “Día de los Trabajadores” sería diferente. Y lo fue…

No solo por la escasa afluencia de manifestantes, la cero tendencia en redes sociales, mínimo pronunciamiento en cadenas de Whatsapp, la pobre participación de representantes políticos (solo vimos por ahí a Hollman). La plaza vacía, como si los que ganan un salario mínimo estuvieran a gusto, o los que ni siquiera, hubieran perdido la esperanza, o como si el método peñalosista de dar garrote a los manifestantes en condición de discapacidad los hubiera amedrentado, o el festivo le hubiese ganado al derecho. Y no solo por eso…

Sino porque en medio de la escasez, se vio la significativa participación de artistas callejeros, de artes circenses, cantantes de rap, bailarines de break, realizadores audiovisuales, deportistas extremos, rastafaris, punks, hare krishnas, y más niños y niñas (que me descansó el alma), adolescentes y jóvenes, alegres, de colores, con música, con optimismo, cantando por sus derechos. Incluso la fuerza pública, el grupo más grande entre los manifestantes, estaba ahí, inmutables, como si a escondidas también estuvieran marchando por un trabajo digno (la policía y el ejército son de los peores asalariados, y ahora que les tumbaron el nuevo Código de Policía, con lo que se podían hacer unas extras...).

Pero sí, los artistas y deportistas estuvimos ahí, gritando cómo históricamente hemos aportado a la reconstrucción del país, a la contención del conflicto, construyendo entornos protectores, más sanos, armónicos, convivibles, desarrollando habilidades sociales positivas en los niños y las niñas, siendo un canalizador y catalizador de emociones y frustraciones en los adolescentes, aumentando la autoestima, generándoles esperanzas, rompiendo el paradigma de que no solo en la violencia se puede construir un proyecto de vida exitoso económicamente. Pero esto que hacemos, para muchos, aún no es considerado un trabajo.

Los artistas en Colombia, al igual que los colombianos en el exterior, trabajamos toda la vida, más de 12 horas diarias, siete días a la semana, con sacrificio y perseverancia, con motivación y optimismo, pero nadie nos garantiza que algún día podremos pensionarnos. Vivir dignamente, comprar una casa, criar y educar a tus hijos con el fruto de tus obras, para muchos artistas pasó del sueño a la pesadilla. Por eso ayer salimos a marchar, por la redignificación del arte como un trabajo.

Y conscientes de que para lograrlo también debemos sumarnos a la lucha contra la corrupción. Movernos, organizarnos, para cambiar esa clase política que nunca ha representado nuestros intereses, ni los de las madres comunitarias, los vendedores ambulantes, los movimientos urbanos alternativos, ni los pueblos étnicos. Más que aplausos, felicitaciones y palmaditas en la espalda, necesitamos justicia social. Necesitamos ser parte del cambio que queremos ver, y no pasivos; liderándolo, para que pueda ser como lo soñamos.

Y volveremos a marchar. Porque esta es nuestra era. Es el tiempo de nuestra Revolución Artística Popular (RAP). Pero solo y absolutamente contigo podemos… ¡Muévete!

 

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