Por: Columnista invitado

Fútbol fino en empaque pequeño

Durante y después del partido Colombia-Costa de Marfil los aficionados brasileños no pararon de preguntarle a los colombianos de dónde salieron esos “meninos”, refiriéndose a James Rodríguez, a Juan Guillermo Cuadrado y a Juan Fernando Quintero, la trinca que hace de la creación y el ataque de nuestra selección un carnaval del fútbol que se redondea con la celebración del baile de todo el equipo.

En la tribuna y los pasillos oí a periodistas de las redes de comunicaciones más importantes de este país de 200 millones de habitantes, Globo y Bandeirantes, preguntándose por qué una selección mundialista podía imponer un estilo veloz y eficaz a partir de tres jugadores considerados pequeños en un deporte que cada vez busca más gigantes como los brasileños Fred y Jo o el griego Samaras, para citar algunos de los modelos que estamos viendo en Brasil 2014.

El ideal atlético del futbolista del siglo XXI reclama estatura, corpulencia y, claro, técnica y mentalidad. Sin embargo, el juego del balón siempre vuelve a sus raíces: el pequeñín atrevido que dribla como ninguno, escurridizo; el mago del balón en la barriada. Entonces recordamos que entre los más grandes jugadores de la historia están “meninos” endiablados como Maradona y talentosos como Messi. La esencia de este deporte representada por piernas cortas y pensamiento rápido con el balón en los pies. El biotipo del colombiano promedio está apenas por encima del metro 60 centímetros de estatura, le expliqué a Marcos, un brasileño que tenía la impresión de que la mayoría de los jugadores colombianos son tan grandes y fuertes como Víctor Ibarbo y Jackson Martínez.

Él es hincha del Palmeiras y me recuerda a Freddy Rincón como el jugador más impresionante de Colombia que haya visto jugar. Sí, le digo. Coincidimos. Pero Rincón es la excepción a la regla. El futbolista colombiano es, en general, chico y osado, como Quinterito. En portuñol nos pusimos de acuerdo en que el fútbol competitivo nunca podrá marginar, por más exigencias y pruebas físico atléticas que haga, a esos “nenes mágicos” que los técnicos se ven obligados a incluir en nóminas como la de Francia, donde Valbuenita le da chispa a un equipo de grandulones (claro que ¡añoramos a Giresse!, figura en España 82 y México 86 con 1,63 de estatura), o como la de Inglaterra, que nacionalizó al jamaiquino Sterling en busca de creatividad latina.

Entre el estadio Mané Garrincha y el bar Boteco, la comunidad entre hinchas mundialistas resultó una oportunidad para exaltar uno de los méritos del técnico Pékerman: confiar en que el fútbol de Colombia se construye a partir de una tripleta que se ve de menor tamaño desde la tribuna repleta de un estadio con 68 mil espectadores, pero que demostró en Brasilia ser la promotora de la grandeza de una selección que se aplaude en todos los titulares, porque responde a la expresión “jogo bonito”, que aquí los devuelve a las gestas del Brasil del mundial de México 1970. Entonces le advierto a mi amigo paulista mientras brindamos con una Brahma: “Cuidado, no me haga crecer a los enanos antes de tiempo”.

 

 

*NELSON FREDDY PADILLA

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