Por: Catalina Uribe

Fútbol, guerra y política

El fútbol se vive hoy a través de las redes sociales. Los espectadores no están solo pendientes de lo que sucede en la cancha sino de lo que comentan otros fanáticos en Twitter o Facebook.

Así, muchos de los comentarios que se producen en medio de las emociones propias de un partido quedan registrados en el gran archivo de internet. Cuando pasa el tiempo y vemos insultos contra Falcao o Pékerman, a quienes en otras ocasiones idolatramos, aparecen reflexiones del tipo: “¿Por qué le exigimos más a nuestra selección que a los políticos?”
 
Preguntas como esta aluden a la concepción histórica de que el fútbol es un mero espectáculo que distrae la atención de los asuntos “verdaderamente importantes”. Si somos verdaderos ciudadanos, nos dicen, debemos concentrarnos en fiscalizar a los gobernantes en vez de sufrir y llorar por una derrota futbolística. Y es cierto, hay asuntos primarios en la vida de una nación y otros, digamos, bastante prescindibles. Sin embargo, ¿está el fútbol tan desligado de la política como para ser un evento de tercera?
 
Así como nos indignamos con la selección lo hacemos también con el periodista argentino que insulta a nuestros jugadores o con el caricaturista belga que dibuja al equipo como drogadicto. Esta indignación surge del nacionalismo en el que se funda la concepción misma de este deporte y que está representado en la gran metáfora del fútbol y la guerra: dos ejércitos compiten por un trofeo. Atacantes y defensores emplean una táctica compuesta de disparos, artillería, cañonazos que devienen en una victoria o derrota.
 
Colombia no es solo un país en guerra sino un país con una pobreza extrema. El mundo del fútbol nos une más que cualquier otro precisamente porque todos podemos entender su lenguaje. En la cancha, en la tribuna o al frente de un aparato se forman y replantean los valores de lo que somos como colombianos. La cuestión entonces no es si debemos preocuparnos más por “la política” si no qué dice de nosotros este evento, por qué somos tan duros cuando hablamos de los “nuestros” pero al mismo tiempo tan agresivos cuando alguien de afuera se nos mete “al rancho”.

 

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