Por: Esteban Carlos Mejía

Fútbol, poesía y dos escritores en el Hay Festival Medellín

Mi amiga Isabel Barragán está radiante.

Sus ojazos verdes chispean dentro del carro, una astronave japonesa, regalo del marido, Nano o Laureano, ganadero de nueva generación. Estamos en el sitio menos poético del mundo y, por contraste, el más romántico: el parqueadero de un centro comercial al occidente de Medallo. La miro embelesado. ¿Sí o no? ¿Amor platónico o fuego insaciable? Se la pilla de una. “Mejor hablemos del Hay Festival Medellín”.

“Fui a uno de tus eventos en el parque de los Pies Descalzos”, dice. “No te vi”, digo, sorprendido. “Claro, sólo tenías ojos para los escritores que estaban contigo”. “Hmmm...”, me disculpo. “La charla con Luis García Montero y Juan Villoro fue una mezcla de fútbol, poesía y buena literatura”, comenta. “Villoro es una cajita de música. Me gustó mucho su explicación de por qué vagabundea de un género literario a otro, novela, ensayo, libros infantiles, crónica, teatro”. “¿Qué dijo?”, le pregunto: con ella la memoria tiende a fallarme. “Lo hace por dispersión. Con su curiosidad brinca por la literatura sin preocuparse de los géneros”. “También habló de fútbol”. “Ufff, buenísimo, entretenidísimas historias sobre Ángel Fernández, el metafórico locutor mexicano”. “Me acuerdo de tres anécdotas”, digo. “Una, Cristóbal Ortega debuta con el América (D.F.) y el narrador dice: ‘Señoras y señores, hemos vivido en el error: ¡América descubrió a Cristóbal!’. Dos, un lateral alemán avanza con enjundia: ‘Ahí viene Hans Peter Briegel, que en alemán quiere decir Ferrocarriles Nacionales de Alemania’. Y tres, las cámaras ponchan la sigla CCCP en la camiseta de Rusia y él dice: ‘¿Saben qué significa eso? ¡Cucurrucucú Paloma!’. Tan fino como el ‘Con Colombia Casi Perdemos’, por nuestro empate 4 a 4 en Arica, en el Mundial de Chile 1962”.

Isabel se ríe a gusto. “En fútbol el poeta Luis García Montero no se quedó atrás. Contó la historia de su hija chiquita que, azuzada por el abuelo a que insultara a un árbitro contrario al Granada CF, en vez de gritarle ‘¡merluzo!’, como el viejito quería, le soltó un sonoro y españolísimo ‘¡hijoputa!’”. “Era más hija del librepensador que nieta del abuelo militar”. “Y a propósito de Luis García Montero, ¿ya te leíste Alguien dice tu nombre, su más reciente novela?”. Se vuelve a sonreír, con enjundia, carajo, y saca el libro de la guantera del coche. “Novelaza: tierna, sólida, convincente”. Y añade: “Me enamoré de León Egea y de Consuelo Ortega, su novia 17 años mayor que él. Y de Ignacio Rubio, el profesor de literatura. Si por azar alguna vez llego a dar clases en una maestría de escritura creativa voy a adueñarme de sus consejos. Lo juro”.

Aún la miro con arrebato. Ella apaga la luz y prende el carro. “Yo no quiero ser más tu amor platónico”, susurro, no sin coraje. “Ah, pues, te jodiste, Mejía, las cosas son como son”. Y me da un besito puro y casto. En la frente, para más escarnio.

Rabito de paja: “Nunca fui a la guerra, ni falta que me hace, / Para ver la soldadesca levantando los blancos estandartes, / Y luego oírlos hablar de la paz / Al pie de la legión de las estatuas”. Juan Manuel Roca, Arenga de uno que no fue a la guerra, 1989.

 

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