Por: Reinaldo Spitaletta

Fútbol sin fútbol

En 1948, en Argentina hubo una huelga de futbolistas, muchos de los cuales, sobre todo de la llamada "máquina" de River, emigraron a Colombia para inaugurar la era legendaria de El Dorado.

Llegaron, entre otros, José Manuel Moreno (El Charro), Pedernera, Di Stefano, René Pontoni y por esos días hasta muy avanzada la década del cincuenta, el fútbol colombiano gozó de armonía, imaginación, gambetas fenomenales y espectáculo.

Después, digamos que en los sesenta, la herencia de la época dorada continúo y hubo jugadores, nacionales y extranjeros, extraordinarios, como el Caimán Sánchez, Cobo Zuluaga, Omar Corbatta, el Coco Rossi y un extenso catálogo de figuras, que hacían del fútbol una especie de arte. La decadencia llegó y las mafias del narcotráfico se metieron en toda la vida nacional, incluidos los equipos de fútbol.

Los capos mafiosos encontraron en el fútbol un resquicio para la inversión y lavadero de dólares y también para disputarse entre ellos la hegemonía en el campeonato colombiano. Así que no fue gratuito que equipos como América y Nacional fueran los “reyes” en los ochenta y noventa. Eran los tiempos de otro “dorado”: el dinero de los narcotraficantes. Es fama todo lo que se movió en esos días de infamia, desde la compra de árbitros o muerte de alguno de ellos, hasta las amenazas contra dirigentes deportivos. Se recuerda, por ejemplo, la presencia de Pablo Escobar en las graderías del Atanasio Girardot, con un “combo” de más de treinta guardaespaldas, armados hasta los “guayos”.

No era raro por esas calendas que uno que otro futbolista fuera miembro de bandas armadas al servicio de la mafia. Y si bien hubo un tiempo de fútbol bonito, luego una desazón suprema contagió al futbolito de aquí hasta convertirlo en una expresión de raquitismo y miseria. Sin calidad ni fantasía. Sin nada. Absoluta pobreza, aunque algunos jugadores tuvieran salarios millonarios.

Por otra parte, se echó a andar la engañifa de que los futbolistas no debían sindicalizarse. Hubo rompehuelgas y lambones de toda índole. Algunos hasta proscribieron palabras como sindicalismo. Mejor dicho, parecían uribistas redomados. Se sabe que el futbolista colombiano, en general, es inculto y que es presa fácil de empresarios y dueños para que no simpaticen con organizaciones gremiales e incluso se deje manipular en los contratos y pagos de seguridad social.

El reciente estallido de la crisis en el fútbol profesional da cuenta de anomalías y violaciones a la legislación laboral. El fenómeno, sin embargo, logró que los jugadores del Quindío, en un acto de defensa de sus derechos, se declararan en paro. Y pese a que el dueño de ese equipo mandó a unos chiquitines a jugar un compromiso profesional, el escándalo fue mayor. Y por fin Coldeportes se puso alerta, aunque se le señala de discriminación frente a un “equipo chico”, como el de Armenia.

El presidente de la Asociación Colombiana de Futbolistas Profesionales, el ex arquero Óscar Córdoba, dijo que “el gobierno por fin puso sus ojos en tantos problemas que han venido ocurriendo desde hace mucho tiempo en el fútbol profesional colombiano”. Por el momento, los jugadores del Quindío, con su enaltecedora posición, y esta entidad gremial, son las que se anotan un gol.

Por lo demás, con casi la totalidad de equipos que incumplen con la ley y atropellan la dignidad de sus jugadores, el fútbol colombiano es un hazmerreír ordinario. Los futbolistas no alcanzan ya (como lo dijo Garrincha) la categoría de payasos. Es increíble, por ejemplo, que oncenos como el DIM, en su cumpleaños 98, sea goleado, en una muestra de desgano y mediocridad, además de irrespeto a su hinchada. Si no les pagan, si tienen líos con la dirigencia, lo mejor es que paren, no que hagan una exhibición miserable.

El fútbol colombiano parece un circo pobre, con artistas del trapecio hambreados y con unos dirigentes que violan la ley cuando les da la gana. Hace mucho tiempo que, como espectáculo, pasó a ser una burda recocha. Cuánto daría uno (como lo recordaba Eduardo Galeano) por ver otra vez una fantasía, una proeza imaginativa sobre el gramado. Habrá que seguir soñando con la aparición de un carasucia, que gambetee todos los rivales y a los de la tribuna, para volver a ver en el fútbol aquello que ya se perdió: un canto a la libertad.

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