Por: Antonio Casale

Fútbol, vida y muerte

Cada quien se toma las cosas como mejor puede hacerlo. Algunos se matan por su equipo, otros discuten acaloradamente sobre fútbol hasta llegar a los puños. Se terminan amistades y se rompen los lazos familiares. Son cosas que pasan a menudo cuando se tocan temas sensibles a la pasión. Esto pasa con la pelota, la política y la religión. No debería ser así, pero lo es.

Pero lo que nos ocupa en esta columna es el fútbol. La alegría de un gol contrasta con los momentos difíciles del equipo amado. Ya no hay matices y un análisis sosegado no tiene cabida. Si ganas, bueno; si pierdes, malo. Punto final. Pero la vida nos recuerda de vez en cuando que el fútbol es tan sólo una excusa para intentar vivir mejor.

Miguel Ángel Russo, el entrenador de Millonarios, por ejemplo, nos está entregando una lección. Otro ya se hubiera ido a su casa, con la satisfacción del deber cumplido, a recuperarse de su enfermedad. Llámenlo terquedad, amor por su trabajo o como quieran. Russo es sinónimo de amor por el oficio y nos recuerda a los demás lo frágiles que somos ante los embates de la vida. En la directiva de Millonarios no piensan en su reemplazo, como debe ser. El caso es que, por encima de los resultados, el entorno azul está pendiente de la salud del entrenador. Eso ha humanizado un poco el inconsciente colectivo embajador. Ojalá cuando todo esto pase, no se olvide.

Ahora bien, la tradicional jornada del Calcio, en Italia, se tuvo que suspender ayer. La muerte superó a la fiesta del balón. El capitán de la Fiorentina, Davide Astori, debía llegar, como siempre, primero a desayunar en la concentración de su equipo, pero no apareció. Sus compañeros derribaron la puerta de su habitación y lo encontraron muerto, al parecer por un paro cardíaco. Los hinchas aguardaban ilusionados que su capitán los salvara contra Udinese. Después, su esposa de 32 años y su hija de dos lo esperarían en casa para compartir en familia. Astori no llegó ni lo volverá a hacer.

A veces se nos va la mano en el juicio de valor que le damos a una acción torpe de un jugador en la cancha, a la equivocación de un árbitro o a las inexplicables decisiones de un entrenador. A veces se nos olvida que al final del cuento todos, incluso nuestros héroes futbolistas, vamos a morir, y recordarlo debería entregarnos el valor de la humildad, tan necesario para no exacerbar lo que pasa en el mundo de la pelota. Al final, esto no es más que fútbol, un deporte que tiene la particularidad de convivir con todos los matices de la vida y de la muerte también.

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