Por: Columnista invitado

Fútbol y ciencia

Imposible no dedicar unas palabras hoy al deporte más popular en todo el mundo, que practican con pasión millones de seres humanos de todas las edades, razas y condición socioeconómica.

El fútbol es capaz de movilizar millones de dólares en mercadeo y publicidad desde todos los ángulos imaginables, como turismo, implementos deportivos y comunicaciones. Puede llegar a sentar frente a la pantalla y hasta reconciliar a los más radicales adversarios políticos o militares.

Para la salud pública ha sido un sorprendente canal de educación por medio de programas como Once para la Salud de la Fifa, educación sexual y reproductiva, “juego limpio” y muchos más.

Para las ciencias del deporte sigue siendo todo un reto entender a fondo cómo un jugador con menos estatura, fuerza, resistencia o velocidad que otros puede llegar a ser el mejor jugador o goleador del mundo por otra serie de cualidades neuropsicológicas, todavía lejos de ser comprendidas o cuantificables. Por ejemplo, muchos grandes maratonistas, nadadores o ciclistas de nivel internacional se verían en dificultades para afrontar un “picadito” o unas “banquitas” en cualquier vecindario de nuestro país, donde abunda el talento futbolístico en medio de la desnutrición, la baja talla y las infecciones recurrentes.

Más aún, es sorprendente que los grandes astros del fútbol mundial no son ni los más fuertes, ni los más rápidos, ni los mejores atletas, pero gozan de un extraordinario talento para pegarle a la pelota y colocarla en el lugar y el momento adecuados, para saltar con impresionante precisión y cabecear con el ángulo decisivo como ningún otro jugador del mundo lo haría.

¿Cómo han podido la medicina y las ciencias del deporte contribuir a estos triunfos? Es cierto que podemos ayudar a optimizar el desarrollo de todo el potencial de estos jugadores, pero su máximo rendimiento sigue siendo un desafío y un enigma para la ciencia. Buena masa muscular, flexibilidad, capacidad cardiopulmonar y velocidad de reacción no son suficientes. El cerebro de un futbolista debe ser capaz de analizar esquemas tácticos y movimientos de muchos jugadores y trayectorias del balón para poder tomar la decisión acertada. El buen estado de hidratación, el descanso y el apoyo psicológico pueden llegar a ser mucho más importantes que el consumo de oxígeno o la frecuente acumulación de ácido láctico.

 

* John Duperly, Especialista en medicina interna y doctorado en medicina del deporte. www.johnduperly.com, @johnduperly

 

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