Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Fútbol y enajenación

No es solo el fútbol, un deporte que antes gozaba en su práctica de estéticas y fantasías, el que se ha convertido en otro “opio del pueblo”. Pero, sobre todo en Colombia, no deja de ser una distracción para embozar los hondos y acuciantes problemas de la mayoría de gente. Y si a la situación de embobamiento le agregamos la falta de hondura y análisis de los medios de comunicación, ahí sí la enajenación empeora.

Y no es solo porque, como sucedió en el partido Colombia-Paraguay, en el que la Selección mostró todas sus falencias, su desconocimiento de la táctica, su modo ingenuo e incapacidad para mantener un resultado, en fin, se haya cometido una matanza mientras acaecía el tal cotejo. Es como si en el país el único paradigma existente (¿de qué? ¿De ser críticos? ¿De no tragar entero?, o, al contrario, ¿de ser rebaño, de no protestar?) fuera el de la Selección futbolera.

Puede ser. Porque, a la postre, no es que haya mucho que imitar en el terreno de los políticos, de la corrupción, del desgreño administrativo, del olvido al que han sometido a comunidades extensas, al hambre de La Guajira, a los que tienen que sembrar coca porque los otros cultivos, los lícitos, carecen de subsidios, de mercados… Qué cosa horrenda. Quizá la Selección sea un remedo del país, una caricatura de sus desgracias.

No digo que el fútbol y, en particular, los partidos del onceno nacional, sean la causa de la falta de conciencia de los problemas sociales, políticos, económicos y de toda índole que sufre la nación. Pero sí se han utilizado, consciente o inconscientemente, para el ocultamiento de las causas del empobrecimiento masivo de buena parte de la población.

La Selección Colombia, que es un gran negocio para inversionistas que fungen como patrocinadores, es, para muchos, el único bálsamo que les queda a sus dolores y angustias. Eso sí es muy diciente del estado de cosas que se vive en un país con índices elevadísimos de inequidad y miseria. La seleccioncita está calculada para que rinda en plusvalías, para que deje ganancias a las empresas (algunas transnacionales) que aportan su dinero, para que se reproduzca con creces.

Y, claro, si clasifica al Mundial, entonces las ganancias de los inversores se multiplicarán. La Selección es una mercancía. Como, hoy, son los futbolistas. Lo sabe hasta el presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, Ramón Jesurún: “La Selección es el producto comercial más grande del país” (El Espectador, 8-10-2017). Así que, al menos, habría que tener claro que un equipo de fútbol (cualquiera que este sea) no es la patria, no es la vida, no es el alma de la gente. Solo es un negocio. En múltiples casos, muy lucrativo.

Hoy, en el reino de la imagen, del narcisismo, de la banalidad, los futbolistas, artículos muy cotizados, piensan más en la selfie, en el peinado, en el color del teñido de pelo y otras baboserías, más que en jugar bien. Son, como lo dijera un relator argentino cuando la selección de su país apenas empató de local con Venezuela, “pechifríos”, “desvergonzados”, no conocen la historia de los astros que los antecedieron. “¿Dónde están los jugadores que se ponían la camiseta de la Selección y se mataban?”.

El fútbol, al que los medios dedican más espacio que a la publicación de un libro de ciencia o de literatura; que a la historia, que a la cultura, que a la vida de los desamparados; el fútbol, digo, se utiliza para desviar la atención de los que padecen los regímenes (lo supo Franco, lo supo Videla, lo supo Mussolini, y así) de mierda, como los que ha tenido Colombia.

Mientras asesinan líderes sociales, mientras se declaran ilegales las huelgas, mientras las transnacionales atentan contra el medioambiente y los trabajadores, mientras se masacra a cultivadores de coca en Tumaco, solo se escuchan los chillidos por la derrota (merecida) de un seleccionado nacional. Pasado mañana, habrá una nueva jornada de protesta en Colombia.

Las movilizaciones se harán contra la política económica y social de Santos, que, entre otras cosas, ha quebrado la industria y agricultura nacionales, vulnerado los derechos fundamentales de los colombianos y convertido al país en un escenario de ganancias para las empresas foráneas. Y todo, “en medio de una inmensa charca de putrefacción en la que se regodean el Gobierno actual  y el anterior, las mayorías del Congreso y connotados del poder judicial”, como lo indicó un aviso pagado por el magisterio.

Como dice una vieja canción colombiana de protesta, si tu salario es limosna, si careces de hospitales, si no tienes pan ni casa, tranquilo, con la sopa del Mundial tenés y te sobra.

 

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