Por: Cartas de los lectores

Fútbol y violencia

El testimonio de aquello en lo que se ha convertido hoy ir a “disfrutar” un día de fútbol en muchos de los estadios de Colombia.

Sin camiseta no entra

 

No somos personas de asistir todos los fines de semana al estadio. Solo uno de nosotros tenía camiseta de Millonarios, el local. Compramos las boletas porque queríamos experimentar la intensidad que produce un Millonarios vs Nacional. Nos creímos eso de que era un partido en paz. Nos confiamos porque no iban a estar enfrentadas en el estadio las dos barras: el distrito prohibió la entrada de la hinchada visitante.

Entre nosotros, los cinco, somos dos mujeres. Ambas paisas. En el grupo todos son hinchas de Millonarios excepto nosotras. Ninguna se debe a un equipo de fútbol pero disfrutamos la emoción del juego, los saltos, los gritos, las caras de estupor y vergüenza cuando una jugada falla, cuando el balón no entra. “No puedes abrir la boca en el estadio”, me decían en el trabajo. “No vayas a gritar si Nacional hace gol”. Todo en medio de risas. De las dos soy yo quien tiene el acento más marcado. Llevo un año en Bogotá y las típicas palabras paisas persisten, se niegan a desaparecer. Llegamos a El Campín. Desde lejos podíamos escuchar los cantos: “Nacional, Nacional hijueputa”. Todos nos reíamos, estábamos ansiosos. Sabíamos la presión del juego: Nacional iba de tercero en la tabla y Millonarios de cuarto. Entramos. Una mujer, de 40 años aproximadamente, le gritaba a uno de nosotros: “Paisa hijueputa te vas de acá. Te vas”. “¿Dónde está su camiseta?”, increpaba la mujer. “¿Cuál camiseta? Acá está mi boleta y voy a entrar a ver el partido”, respondió. Luego, la borrasca: “Son paisas, son paisas. Ellos son paisas”. La masa enardecida comenzó a abuchear, a insultar. “No somos de Nacional”, gritamos. Llegó la Policía: “¡Cédulas!” Una mirada rápida a las de los hombres, “Son de Bogotá”, le dijo a la mujer. “Son paisas, son paisas”, seguían gritando. “¿Qué pasó, pues?”, musité después de estar callada durante toda la disputa. No hubo más que hacer: los policías comenzaron a bajarnos. Uno de los hombres que había en la tribuna, corbata y traje gris, me miró y gritó: “Andate perra, andate a tu provincia. Perra hijueputa”.

El policía me dijo que no podía volver a hablar dentro del estadio. “Lo mismo nos hacen en Medellín”, nos dijo un señor que se acercó cuando el policía nos recomendaba salir del estadio. La ley de este país: si me roban, yo robo. Si me golpean, yo golpeo. Un tramado social que premia la viveza sobre la honestidad y justifica la violencia con más violencia. La mujer nos tomaba fotos desde arriba. “Adiós perra hijueputa. Paisas malparidos”. La única solución era comprar una camiseta de Millonarios y volver a entrar a otra tribuna, mientras la señora que podía ser mi mamá seguramente rotaba nuestras fotos a los otros: hinchas que confundieron el fútbol y el deporte con la excusa perfecta para agredir al otro.

“El fútbol es la recuperación semanal de la infancia”, escribió Javier Marías. ¿Qué infancia puede recuperar más adelante un niño que vio a su papá putear y rodear a alguien por no ser como él?

Aficionada al fútbol. Bogotá.

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