Por: Armando Montenegro

Futbolcracia y mermelada

El fútbol crea ilusiones y hace reír y sufrir a millones en todo el mundo.

El problema es que la organización de este deporte, parásita del entusiasmo de sus fanáticos que gastan su dinero en boletas, camisetas, televisores, recuerdos y tantas cosas, ha sido capturada por sinvergüenzas. La Fifa es una ONG multinacional que explota el deporte más popular del planeta.

La estructura de la Fifa puede compararse con la de un puñado de religiones multinacionales. El hábil aprovechamiento del genuino fervor por los ídolos permite que se erija una estructura cerrada donde el poder fluye de arriba hacia abajo y la plata se queda adentro. Las multitudes sueñan, sufren y celebran, pero, ante todo, gastan a manos llenas. Parte de esos dineros sube hasta las jerarquías y desde ahí baja a los jerarcas de los países, quienes a su vez eligen y reeligen a los de arriba (las federaciones nacionales designan las cabezas de la Fifa y esta, con plata, solidifica el poder de los dirigentes locales). Todo esto sucede sin transparencia ni rendición de cuentas, en medio de conflictos de interés, sobornos y escandalosas indelicadezas.

La corrupción en el fútbol se manifiesta en la compra de árbitros y jugadores, la torcida elección de dirigentes, la venta de tiquetes y derechos de televisión, el arreglo de partidos (cientos en Europa en los años pasados, según la policía de ese continente), la sospechosa definición de las sedes de los campeonatos. La delincuencia se acerca a este deporte a través de las apuestas y sobornos, de los mafiosos que poseen equipos como su hobby y distracción, y los políticos y contratistas que se lucran con la construcción de estadios e infraestructura (todo esto lo hemos visto en Colombia en los años pasados).

Sepp Blatter, presidente de la Fifa, en trance de su quinta reelección, está cuestionado porque se conoció la verdad sobre la absurda escogencia de Qatar como sede del Mundial de 2022 (la prensa británica demostró que el señor Jack Warner de la Fifa recibió una coima de US$1,2 millones por lograr que el Mundial se realice en un desierto donde no se juega fútbol, no hay estadios y la temperatura promedio es de 50 grados). Este escándalo debería llevar a que, además de la expulsión de Blatter y Warner, se cambie completamente la estructura de gobierno de la Fifa, como lo propuso hace años Transparencia Internacional en un conocido documento. Y medidas semejantes deberían aplicarse para renovar las opacas federaciones nacionales construidas a imagen y semejanza de la Fifa.

Tiene razón la gente que protesta en Brasil. Sabe que el hambre de la Fifa se ha unido a la avidez de los políticos y constructores locales para gastar, con extravagantes sobrecostos, miles de millones de dólares que mucho se necesitan para la salud y la educación. En el futuro, escenarios vacíos y abandonados, como los de Sudáfrica, serán una prueba más de la desconexión entre las ambiciones de los dirigentes del fútbol y la política y las necesidades de los ciudadanos.

La Federación de Colombia, por presión del Gobierno, debería ser una abanderada del cambio en la Fifa. Para evitar sospechas, su posición sobre la reelección de Blatter debería ser discutida y anunciada antes de las votaciones. Si Colombia llegara a votar por Blatter o Platini, habrá un fuerte olor de mermelada suiza o francesa.

 

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