Por: Héctor Abad Faciolince

Futbolistas, poetas, científicos

¿Por qué los poetas son casi pordioseros y los futbolistas multimillonarios? Creo que la respuesta es muy sencilla: porque miles de millones de personas vemos partidos de fútbol y apenas unos cuantos miles de personas leemos poesía.

Y francamente los estadios y la televisión se prestan para ver partidos, pero muy poco para oír poemas. También debemos considerar que por cada futbolista millonario, debe haber miles de futbolistas tan pobres como los poetas, o más. Además los poetas, por lo menos, se pueden consolar pensando que serán famosos después de muertos.

Lo cierto es que un buen futbolista está tan especializado en su arte como un buen poeta en el suyo. Las dos actividades requieren las mismas horas de concentración y entrenamiento. El poeta leyendo, escribiendo, corrigiendo, y el futbolista entrenando, pateando y aprendiendo.

¿Cómo lograr un mundo en que el futbolista pueda ser rico, pero donde el sistema económico le reconozca también al poeta al menos medios de subsistencia decentes? Supongo que un gobierno serio tasa con altos impuestos a los más ricos (incluido el futbolista) y subsidia de algún modo la cultura poética. ¿O debemos cerrar las actividades no rentables que ya muy pocos frecuentan? ¿Hay que clausurar los teatros a los que no va mucha gente, las orquestas de música clásica, el ballet, las bibliotecas? Sería una catástrofe cultural y un empobrecimiento de toda la sociedad.

La poesía no deja ver fácilmente su importancia en la vida cotidiana, pero hay otras actividades mentales, minoritarias y muy sofisticadas, cuyas consecuencias prácticas son inmensas. Sin matemáticos, por ejemplo, no habría computadores ni internet. Sin físicos no habría aviones ni televisión. Sin bioquímicos no habría medicina moderna. Hay gimnasias y artes de la mente que no atraen a multitudes millonarias de público, y sin embargo son necesarias para el desarrollo humano, para la libertad de una sociedad, para que haya una visión crítica y pensante de lo que ocurre.

Casi nadie puede ser espectador entretenido de un matemático que resuelve teoremas (su oficio no sirve como espectáculo), pero sus piruetas y hazañas mentales son tan complejas, o más, que las piruetas y hazañas físicas de un futbolista.

La sociedad del espectáculo vuelve ídolos y millonarios a los cantantes, los futbolistas, las modelos, las actrices. Pero la sociedad, el Estado, tienen que entender dónde se produce también el conocimiento que nos hace mejores seres humanos, mejores ciudadanos, que nos hace la vida menos dura, más llevadera, y apoyarlo, imponiendo impuestos duros a la sociedad del espectáculo, que ni siquiera podría existir sin los inventos científicos.

Yo entiendo que mucha más gente quiera ir, pagando, a un concierto de Shakira que a una lectura de versos o a una conferencia de álgebra o de biología molecular, así los versos del poeta sean mucho mejores que los versos de Shakira (y conste que los de ella no siempre me parecen malos), pero entiendo también que Shakira jamás habría podido escribir buenos o siquiera regulares versos si no hubiera habido antes grandes poetas que se inventaron la mejor forma de hacerlos. Ella, incluso sin saberlo, forma parte de una tradición letrada. Y ella misma debe saber que sin físicos no habría amplificadores para su guitarra ni señales electrónicas invisibles para sus videos y conciertos.

Lo no espectacular, la medicina, la física, las matemáticas, la poesía, la música culta, tiene que tener también espacios y derechos. Apoyos, plata. Tiene que ser financiada por el Estado tasando las ganancias de la sociedad del espectáculo. La educación, las universidades, las academias, los congresos, los sueldos de quienes no son famosos pero son tan importantes como los famosos: eso es lo que debe asegurar una sociedad justa. ¿Y a qué viene todo esto? Bueno, a que el fútbol recibe apoyos multimillonarios (y está bien) mientras los recortes de presupuesto se están haciendo en ciencias y en cultura.

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Futbolistas, poetas, científicos

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