Por: Óscar Alarcón
Macrolingotes

Gabo y la “María”

Cuando aquí se escribió la semana pasada que Cien años de soledad acabó en 1967 con cien años de soledad de la novelística colombiana, después de la María (1867), con la sola excepción de La Vorágine (1927), no se pretendió compararlas, sino fijar una coincidencia editorial. Cada una en su tiempo y en su momento.

Colombia siempre fue considerado un país de poetas y no de novelistas. La novela en nuestro país se inicia con Ingermina o la hija de Kalamar (1844), escrita por Juan José Nieto, un general que llegó a presidente de la República y que por ser negro, según algunos, no aparece en la galería de mandatarios. En cambio sí está allí, en esa galería, José Manuel Marroquín, a quien le dieron para gobernar un país y devolvió dos, pero fue poeta y escribió novelas como Blas Gil (1896), Entre primos (1897) El Moro (1897) y Amores y leyes (1898). Cuatro novelas sin valor y dos países distintos (Colombia y Panamá).

En cambio, la María, y en su momento La Vorágine, sí fueron consideradas importantes en su tiempo y en las escuelas nos las presentaban como las mejores de la novelística colombiana. No son raros los turistas que en Cali buscan la tumba de María como preguntan en Verona por la de Julieta. Por los años 60 se habían registrado sesenta y cinco ediciones de la María y traducciones al francés, inglés y portugués. El mismo García Márquez hizo una versión de la María para televisión que dirigió Lisandro Duque.

Pero, a propósito de lo escrito hace ocho días, el amigo, melómano envidiable y miembro del Sexteto de la Cañada, Héctor Torres, recuerda que Jorge Isaacs murió un 17 de abril de 1895, el mismo día de 2014 en que García Márquez llegó en cuerpo y alma a los infiernos, según fidedigna versión de la María, de la María Fernanda que está fuera de sus cabales. (Tiene por qué saberlo porque ella habla con Dios y con Uribe).

 

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