Por: Roberto J. Camacho

Gaitán, Galán y Uribe

Con ocasión del cumplimiento de los 20 años del asesinato de Luis Carlos Galán y todo el desarrollo mediático que animó la decisión de última hora de impedir que prescribiera el proceso judicial por su homicidio, algunas consideraciones en una perspectiva más amplia, puede ayudar a entendernos mejor.

Para empezar no se debe olvidar que hace poco, lánguidamente celebramos el aniversario número 61 del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, quien durante la campaña presidencial encarnara la reivindicación del resarcimiento social; el proceso de violencia urbana capitalina que detonara su muerte y se extendiera a todo el país parece no haberse extinguido aún. La impunidad de este asesinato, surgida en parte por el también impune linchamiento del que fuera víctima su asesino, ha evitado durante más de medio siglo que se conozca la verdad; entre tanto se evoca con anual frecuencia las posibilidades perdidas por lo que hubiere podido ser el gobierno del caudillo.

No me cabe duda que Gaitán habría ejercido un buen gobierno, pero también tengo certeza, que no le habrían faltado cuestionamientos a su talante liberal, mas aún con antecedentes como su salida de la alcaldía de Bogotá por querer ponerle orden a los taxistas uniformándolos o por la influencia que su encendida oratoria recibiera del fascismo imperante en la Italia que lo acogió durante sus estudios de postgrado.

Ahora, a dos décadas de la muerte de Galán, le duele al país la frustración de no contar con una patria mejor y nos preguntamos, que Colombia tendríamos de haber llegado él a la Presidencia?; lloramos la oportunidad perdida, de haber anticipado en cuatro lustros las posibilidades de cambio social y de lucha contra el delito que propusiera en sus correrías por el país.

Ahora, se logrará con este malabar jurídico y lo que pudieran ser unas frágiles pruebas  testimoniales, calmar al país mientras entra nuevamente en el sopor que la vorágine diaria de nuestras dificultades genera. Galán también habría realizado un buen gobierno, pero también vulnerable a los pésimos hábitos de una sociedad que en público, como Caifás se rasga las vestiduras y en privado los practica. El dolor por su muerte ha puesto en el olvido los intentos de infiltrar su movimiento, causando daño a la reputación del también inmolado Rodrigo Lara.

Es inevitable observar la semejanza de las frustradas campañas presidenciales de los dos líderes inmolados, con la primera del Presidente Uribe, las tres azarosas y con grandes enemigos, la última, por cuenta de la Providencia, exitosa al lograr evadir al menos tres atentados, luego de cerca de una decena que hasta ese momento tuviera la vida pública del actual presidente.

Gaitán, Galán y Uribe, encarnaron en sus campañas presidenciales la apuesta del pueblo por una Colombia mejor, pero quizá un gobierno de los dos primeros habría tenido como el del actual Presidente éxitos, fallas, viscerales críticos y al final, aún anhelos de la transformación social y es que mientras no apropiemos, que el verdadero cambio no se puede construir sobre las virtudes de un hombre, por excepcionales que ellas sean, sino por cuenta de una sociedad que quiere realmente ser mejor, el progreso de Colombia seguirá dependiendo de la voluntad de los criminales.

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