Por: Daniel Mera Villamizar

Gaitán y la paz

La paz que pedía Gaitán en 1948 era concreta y viable. La que invocó William Ospina (a través de Piedad Córdoba) el pasado 9 de abril es imposible. No se referían a la misma paz, aunque Ospina y muchos creyeran que sí. Gaitán clamaba al presidente Ospina Pérez parar la violencia de los conservadores, en el poder, contra los liberales. Anticipaba, como ocurrió, una guerra civil. “Nosotros, señor presidente, no somos cobardes”, advirtió el líder del pueblo liberal.

Esa Marcha del Silencio —luego, en 1989, hubo otra histórica por el magnicidio de Galán— es uno de los hechos más conmovedores de nuestra historia. Una “silenciosa muchedumbre” que representaba a las mayorías políticas demandaba al Gobierno “hechos de paz y de civilización”. “¡Que nos tratéis a nosotros, a nuestras madres, a nuestras esposas, a nuestros hijos y a nuestros bienes, como queráis que os traten a vos, a vuestra madre, a vuestra esposa, a vuestros hijos y a vuestros bienes!”. Gaitán quería evitar “reaccionar bajo el estímulo de la legítima defensa”. Lo mataron. Tuvimos guerra civil —lo dice el nieto de uno de los liberales rasos que acudió a la legítima defensa—.

¿Qué tenemos 65 años después? No un orador memorable, y es obvio que Gaitán tenía mejor formación política que William Ospina. Le correspondía al presidente Santos ser el orador para pasar a la historia, pero no lo hizo. No las fuerzas del Estado tomado por un gobierno atacando a los ciudadanos del partido rival, no una guerra fratricida entre campesinos analfabetas apasionados de distinto color partidista, con la Iglesia católica de un lado. No tenemos nada parecido a 1948. Juan Manuel Santos no pudo decir la segunda oración épica por la paz porque la situación es bastante prosaica: tenemos un grupo pretendidamente político, con más apoyo intelectual que social, que nos chantajea con la violencia.

Siguiendo el espíritu y las palabras de Gaitán, la oración habría dicho: “Señores de las Farc, les pedimos avenirse a la paz y a la civilización, o usaremos el poder de imponer la paz”. Habría sido un ultimátum, pero en esencia éste ya se dio con las marchas del 4 de febrero de 2008. En lo que estamos es distinto: intentando preparar a la sociedad para el precio de la paz y la civilización. Para las mayorías es “tragarse un sapo” (y perdonar). Para muchos de los promotores de la marcha es una delicia: entre más alto el precio, mejor (y ojalá en una constituyente).

Como esta realidad no da para una oración por la paz digna sucesora de la de Gaitán, porque implica la derrota de los principios, William Ospina habló de una paz idílica en una sociedad que ha alcanzado todos los bienes, incluso que “otra vez haya venados en la Sabana”. La paz de Gaitán era “paren la violencia”. La paz que interpreta Ospina exige vencer “el egoísmo que se apodera del futuro de todos para hacer la felicidad de unos cuantos (de donde nacen las rebeliones violentas)”. Una retórica que nos devuelve al problema que se busca superar. Siquiera esa no es la paz de Santos, que está delineada en el marco general de La Habana, pero preocupantemente se parece a lo que dicen las Farc.

 

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