Por: María Elvira Bonilla

Galán no vive

TERMINA UNA SEMANA DE HOMENAjes por los 20 años del asesinato de Luis Carlos Galán. La Fiscalía in extremis le dio respiración artificial al proceso y ordenó la detención del célebre general Maza por supuestas actuaciones suyas que pudieron facilitar el crimen. Los mensajes conmemorativos de su vida y legado lograron confirmarnos que Galán no vive.

Sus ideas no viven. No viven sus empeños. No viven sus ideales y propósitos políticos. No viven como realidades transformadoras de un país, más oscuro que cuando él vivió. Son simples referencias históricas que el día a día en estos tormentosos 20 años se han encargado de enterrar.

El narcotráfico que premonitoria y valientemente señaló como una amenaza demoniaca, permanece inderrotable, infectando la vida del país, alimentando la violencia y la corrupción, con capacidad de liquidar a quien se le atraviese. Ha penetrado instituciones del Estado, comprado autoridades y dirigentes políticos, y controlado actividades económicas legales. Pero lo más grave: ha moldeado el alma colombiana. La lucha ha sido estéril en sus resultados, con un consumo de coca en Estados Unidos y Europa que estimula y premia su producción, creando el escenario de una guerra perdida.

No habían pasado tres años de su muerte cuando su sucesor, que no heredero, César Gaviria, acosado por la necesidad de acabar con Pablo Escobar y regido por aquella perversa consigna de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, en la más pura lógica maquiavélica de que el fin justifica los medios, toleró pactos inconfesables con los llamados ‘Pepes’, gracias a los cuales bandidos de la talla de Carlos Castaño y Don Berna, y los Rodríguez Orejuela terminaron aliados de los organismos del Estado, con la discreta bendición del gobierno norteamericano. Alianza siniestra profusamente documentada en el portal www.nsarchive.org, National Security Archives. Difícil una traición mayor al ideario galanista, así el propósito fuera más que loable.

Un nefasto aprendizaje aprovechado por quienes se convertirían en los capos paramilitares que llevaron al límite la combinación de grupos ilegales, dirigentes políticos locales y Fuerza Pública, para enfrentar a la guerrilla de las Farc, al tiempo que fortalecían su negocio: el narcotráfico. Cuando Galán inició sus denuncias se hablaba apenas de un puñado de políticos salpicados por el oscuro negocio; con el Proceso 8.000 en tiempos de Ernesto Samper fueron 30 los dirigentes políticos judicializados y con la parapolítica superan los 80 senadores, representantes y ex gobernadores, con muchos en la cárcel.

La depuración de la política y el freno a la corrupción son ya un lugar común en todos los discursos políticos. Palabras vacías sin ninguna consecuencia real. El reparto de la contratación pública y de las prebendas burocráticas se convirtió en el único camino para conseguir mayorías parlamentarias. Hablar de la profundización de la democracia es hoy un mal chiste cuando estamos ad portas de un nuevo cambio constitucional, apoyado en esas prácticas, con el propósito de perpetuar al Príncipe en el poder.

Del Galanismo puro y duro queda en pie el cancerbero de sus ideas, el precandidato liberal Iván Marulanda, tan solitario en su combate como seguramente hubiera terminado Luis Carlos Galán de haber perseverado en su papel de profeta de una renovación fundamental, sin caer en la simple búsqueda de la Presidencia a costa de sus ideales, como lo han hecho sus seguidores. Y la lista es larga.

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